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El asedio de los dogmas: La laicidad frente al resurgimiento del fanatismo

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La realidad política actual nos sitúa frente a una regresión histórica donde los discursos de odio y el fanatismo religioso han dejado de ser ecos del pasado para convertirse en amenazas latentes. Al observar la retórica de figuras como Donald Trump y el inquietante resurgimiento de la simbología de la Falange, queda de manifiesto una sincronía de extremismos que buscan validar la exclusión y la deshumanización bajo el pretexto de una supuesta superioridad moral. Este fenómeno se alimenta de antecedentes claros en la derecha conservadora, como la insistencia del senador Marko Cortés en tipificar el narcotráfico como terrorismo, una postura que en el fondo buscaba abrir la puerta a una intervención extranjera y una invasión de Estados Unidos a territorio mexicano, vulnerando flagrantemente la soberanía nacional.

Esta agenda de la ultraderecha no es aislada y se fortalece con figuras del poder económico, como el caso de Salinas Pliego, quien facilitó la plataforma para traer a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, en un intento por reivindicar narrativas coloniales. En este mismo tenor se inscribe la intención absurda de querer canonizar a Hernán Cortés, pretendiendo elevar a la santidad a quien históricamente representa el origen de un sistema de opresión; no hay otra razón para considerar tal propuesta que la de buscar un «santo de los genocidas» para legitimar visiones supremacistas. Estos actos revelan una intención profunda de fracturar la paz social y desmantelar el Estado laico, intentando revivir el espíritu de la Cristiada bajo la narrativa de un «orden» perdido que solo beneficia a unos cuantos.

La laicidad no es una ausencia de valores, sino la garantía de libertad que permite la convivencia en la diversidad; sin ella, las instituciones quedan vulnerables ante quienes pretenden politizar la fe y la historia para justificar el autoritarismo. El uso de términos como «orden» y «justicia» por parte de estos grupos extremistas oculta una voluntad de control que busca retroceder décadas en materia de derechos civiles. Al invocar los fantasmas de la guerra santa y la intervención extranjera, estos sectores intentan normalizar la confrontación y sacrificar la independencia nacional en aras de sus intereses ideológicos y económicos.

Es imperativo reconocer que estos movimientos no buscan el progreso ni el bienestar común, sino la imposición de una identidad única que anule cualquier pensamiento crítico o soberano. El peligro es real y la vigilancia debe ser constante para evitar que la retórica del exterminio y el fanatismo consuman los avances democráticos que tanto costo han significado para la sociedad. Es evidente que la derecha, desde el fanatismo más recalcitrante, busca apropiarse de la grandeza de México para reducirla a su visión estrecha, servil y excluyente, poniendo en grave riesgo la esencia misma de nuestra nación.

Ante este panorama, cabe cuestionar seriamente a los políticos que hoy impulsan estas políticas públicas de derecha: ¿están realmente conscientes de que sus acciones vulneran la estructura del Estado mexicano y, sobre todo, la soberanía de nuestro país? México debe permanecer ajeno a todas esas cuestiones que históricamente solo han generado saqueo y una riqueza acumulada en manos de élites. La pregunta final para estos personajes es simple: ¿forman ustedes parte de ese grupo que se beneficia del despojo o son simplemente sus sirvientes encargados de entregar la nación?

Jorge Eduardo García Pulido.


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