LA REDACCIÓN
La política jalisciense atraviesa un momento de definiciones donde la disciplina partidista suele ser la norma, pero en San Pedro Tlaquepaque, la presidente Laura Imelda Pérez ha decidido trazar una ruta de colisión que no solo desafía las estructuras de su propio movimiento, sino que ignora abiertamente las directrices que emanan desde la Presidencia de la República. La negativa de la edil para reconocer la figura de Ricardo Villanueva Lomelí como el articulador que busca dar orden al caos electoral de Morena rumbo al 2027 es más que un desplante; es una muestra de soberbia política que deja a su Presidencia Municipal como el único ente de gobierno que pretende cerrarle las puertas al enviado para pacificar las tribus internas.
A la Presidente de México la han engañado con una coreografía que los jaliscienses conocemos de sobra. Se está aplicando la vieja usanza priista, esa misma que sepultó las aspiraciones de personajes como Eugenio Ruiz Orozco en los años noventa. El espejismo es idéntico: plazas llenas a base de presión, el uso sistemático de la nómina municipal como herramienta de represión para simular un apoyo que no existe en las calles, sino en las listas de asistencia forzada. Los operadores de la presidente han creado una burbuja que le impide ver la realidad, convencidos de que el acarreo y la intimidación son base suficiente para buscar una reelección que hoy se percibe más como un capricho personal que como un proyecto ciudadano.
La violencia política en Tlaquepaque ha dejado de ser una sospecha para convertirse en una práctica cotidiana dentro del Cabildo. Resulta inaceptable que, bajo una bandera que presume justicia social, se retenga el sueldo de los colaboradores de otros ediles hasta por dos meses. Esta asfixia económica contra quienes no se alinean a su voluntad es la prueba más clara de un gobierno que confunde la autoridad con el autoritarismo. Al ejercicio de la omisión y la opacidad se le suma ahora una estrategia de cerrazón frente a los medios de comunicación, buscando evitar a toda costa ser exhibida por las irregularidades que empiezan a brotar en su gestión.
El vacío de información, la opacidad, la violencia y el rechazo al diálogo institucional no son signos de fortaleza, sino de miedo. Ante este panorama de persecución interna y simulación externa, la pregunta es obligada y necesaria: ¿a qué le teme usted realmente, señora presidente? El orden llegará, con o sin su anuencia, y el juicio de la historia suele ser implacable con quienes, por soberbia, olvidan que el poder es transitorio y la confianza del pueblo no se compra con retenciones de sueldo ni se finge con plazas llenas de empleados amenazados.
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