
Por: Jorge Eduardo García Pulido
El discurso oficial del repoblamiento en Guadalajara se ha convertido en una paradoja técnica y social que exige un análisis profundo. Mientras las autoridades locales anuncian con bombo y platillo programas de apoyo a la renta para jóvenes, los datos del INEGI nos devuelven una realidad cruda: la ciudad se está vaciando de su gente. Desde 1990, cuando alcanzamos el pico de 1.6 millones de habitantes, la capital del estado ha perdido casi 300,000 residentes. No es que los tapatíos hayan dejado de existir, es que han sido expulsados a las periferias de Tlajomulco o El Salto, víctimas de un suelo que ya no pueden pagar.
Bajo la bandera del Objetivo de Desarrollo Sostenible 11 de la ONU, que busca ciudades inclusivas y sostenibles, se han autorizado desarrollos verticales que, en la práctica, operan bajo la lógica del mercado y no de la habitabilidad. El centro histórico y sus barrios aledaños, que antes albergaban familias y vida de barrio, hoy se ven asediados por proyectos de micro-departamentos diseñados para la renta temporal o el nómada digital.
Es aquí donde surge el cuestionamiento obligado sobre el uso de los recursos públicos. El programa que otorga 3,000 pesos mensuales a jóvenes para el pago de alquiler debe ser analizado con lupa. Si bien el apoyo parece un respiro para el bolsillo de quien inicia su vida independiente, el destino final de ese dinero —proveniente de los impuestos de todos los tapatíos— termina de manera íntegra en las manos de los grandes arrendadores y desarrolladores inmobiliarios. Estamos, en esencia, subsidiando la plusvalía de quienes han encarecido la ciudad.
A este fenómeno se suma un cambio de paradigma social que las políticas de vivienda parecen ignorar. Estamos frente a la generación del divorcio (hijos de padres divorciados), jóvenes que transitan entre modelos de familia binaria y no binaria,y que además fluyen desde las perspectivas de familia, cuya prioridad no es la reproducción ni el establecimiento de hogares tradicionales. La tasa de fecundidad en Jalisco ha caído sistemáticamente en la última década; los jóvenes de hoy no están dispuestos a reproducirse bajo condiciones de precariedad habitacional.
¿Cómo se pretende repoblar una ciudad con viviendas que no garantizan la permanencia ni el desarrollo humano? La gentrificación no solo desplaza cuerpos, desplaza sueños y rompe el tejido social. Entregar dinero público para sostener rentas infladas por el «Efecto Mundial» y la especulación no es una política de vivienda, es un tanque de oxígeno para los gentrificadores.
Guadalajara requiere una visión que entienda las nuevas conductas sociales y que priorice el derecho a la ciudad por encima del negocio inmobiliario. De lo contrario, seguiremos viendo cómo nuestra capital se convierte en una escenografía de lujo, hermosa para el visitante, pero inhabitable para el tapatío.
Lo irónico es; que quienes juzgaron los apoyos del gobierno federal a jóvenes con futuro, no critican que van a seguir manteniendo Ninis. Cómo los bautizara Manlio Fabio Beltrones Rivera.
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