Por Alejandro Huerta
“¿Qué hubieran hecho ustedes?”
Así inició el 2017. El entonces presidente priista Enrique Peña Nieto apareció para anunciar el famoso gasolinazo. Lo justificó con el aumento en los precios internacionales y advirtió que, de no hacerlo, habría que subir impuestos, recortar programas sociales o aumentar la deuda. Y lanzó la pregunta que quedó grabada: ¿Qué hubieran hecho ustedes?
Hoy, el país enfrenta nuevamente un escenario complicado en el tema de los combustibles. La situación en Medio Oriente no es alentadora y el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, no parece interesado en generar estabilidad en los mercados; por el contrario, su política exterior se caracteriza por la confrontación constante, incluso con figuras como el Papa León XIV.
En este contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha tomado una ruta distinta. Lejos de justificar un aumento en los combustibles o trasladar la responsabilidad a los ciudadanos, decidió subsidiar el alza provocada por factores externos. La intención es clara: mantener la estabilidad económica y proteger, en la medida de lo posible, el bolsillo del ciudadano común.
Porque, seamos honestos: ¿qué ciudadano de a pie estaría en contra de que se contenga el precio del combustible?
Aunque parezca increíble, sí lo hay.
Es un sector pequeño, pero ruidoso. Un grupo con suficiente eco como para generar tensión y desinformación. Son los mismos que se oponen a que el gobierno actúe como contención en momentos de crisis.
Y no es interpretación. Lo dicen abiertamente:
“Yo estoy en contra del subsidio de la gasolina, creo que es demasiado dinero que se va a subsidiar a los que podemos pagar gasolina. Y se sacrifica la construcción de hospitales o compra de medicamentos que van, eso sí, a la gente que no tiene.”
La frase no solo revela una postura; revela una desconexión.
Porque el argumento parte de un privilegio individual y pretende convertirse en política pública. Es, en el fondo, una forma elegante de decir: como yo no lo necesito, entonces nadie debería tenerlo.
Pero un país no se gobierna desde la comodidad de quien puede pagar más, sino desde la realidad de quien apenas alcanza.
Y aquí es donde la lógica se rompe.
Si de verdad la preocupación fuera el uso eficiente de los recursos, la solución sería evidente: quien tiene mayor capacidad económica podría absorber el costo sin problema, incluso optar por combustibles sin subsidio. Eso liberaría presión para quienes sí dependen de ese apoyo.
Pero no. La incomodidad no es el gasto. Es el principio.
Les incomoda que el Estado intervenga. Les incomoda que, por una vez, el impacto de una crisis externa no recaiga completamente en el ciudadano común.
Es la misma resistencia que vemos frente a los programas sociales: no es el monto, es la idea de que alguien más reciba algo.
Y mientras tanto, persiste otra narrativa: la promesa de que la gasolina estaría en 10 pesos, dicha hace más de una década por Andrés Manuel López Obrador, sigue utilizándose como si fuera una verdad absoluta, desconectada del tiempo, del contexto y de la realidad económica global.
Ese mismo sector parece seguir atrapado en una lógica donde los mitos pesan más que los hechos. Como en los tiempos del “chupacabras”, cuando el miedo se propagaba más rápido que la razón.
Hoy, con más información que nunca, el reto no es acceder a los datos, sino interpretarlos con honestidad.
Y por eso vale la pena retomar la pregunta:
¿Usted, realmente, qué hubiera hecho?
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