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Negocios de basura y hambre: el botín político de Verónica Delgadillo

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Jorge Eduardo García Pulido.

Se dice con frecuencia que en el gobierno de Guadalajara ya no existe margen alguno para emprender nuevos negocios, todo está concesionado por el grupo de pasados venerables presidentes municipales y sus familias. Sin embargo, para quienes ostentan el poder, la basura ha dejado de ser un desecho para convertirse en el nicho de oportunidad perfecto. Han encontrado la forma de operar estas áreas de oportunidad directamente desde las entrañas de la administración, convirtiendo lo que debería ser un servicio público en una especie de OPD privada, un botín que parece estar reservado para quien ocupe la silla presidencial y sus aliados más cercanos.

La crisis en el servicio de aseo público de Guadalajara ha tomado un rumbo alarmante bajo la gestión de la presidente Verónica Delgadillo. Lo que el discurso oficial presenta como una exitosa municipalización del servicio, tras la salida de la empresa Caabsa, oculta una realidad de precariedad laboral y una estructura administrativa cuestionable encabezada por Bernardo Fernández Labastida, actual jefe de gabinete y pieza clave en la toma de decisiones del ayuntamiento. A pesar de los anuncios sobre la adquisición de camiones recolectores con inversiones millonarias, la operatividad en las colonias sigue mostrando deficiencias graves que contrastan con los premios internacionales que la administración presume.

En el núcleo de esta problemática surge una interrogante crítica sobre la responsabilidad humana y legal: ¿quién asumirá los riesgos sanitarios, bacteriológicos o infecciosos a los que son expuestos diariamente los servidores que ofician la recolección de residuos? En Guadalajara no existe un programa piloto real de separación y optimización de desechos orgánicos e inorgánicos, lo que obliga al personal a manipular mezclas contaminantes sin el equipo ni la protección jurídica necesaria. El negocio resulta redondo para la administración, pero se construye a costa de la salud de unos cuantos que ponen el cuerpo frente a focos de infección constantes.

Es de extrañar la frivolidad con la que la presidente conduce este tema, mostrando una desconexión total con la dignidad de sus trabajadores. Tal como dijera el personaje de Pito Pérez, parece que ya hizo liquidación de sus viejas amistades, pues el poder y los regios le ha hecho perder la cabeza. Reportes internos indican que el personal percibe el salario mínimo diario y carece de prestaciones básicas como el aguinaldo. Esta situación de incertidumbre laboral se da bajo la sombra de esta estructura con tintes de empresa particular vinculada a Fernández Labastida, donde la seguridad social es apenas una fachada de formalidad.

La gestión de los residuos se ha convertido en un símbolo de la contradicción gubernamental. Por un lado, se busca proyectar una imagen de vanguardia y orden, pero por otro, se consolida un modelo de explotación. La falta de transparencia en la administración de los recursos y la sospecha de beneficios para particulares dentro del círculo cercano a la presidencia municipal sugieren que el caos sanitario es el resultado de un diseño institucional que prioriza el control político y económico sobre el bienestar social.

Resulta verdaderamente tierno observar cómo estos trabajadores, privados de los privilegios históricos de los que gozaban los empleados del ayuntamiento, son mantenidos en la más absoluta precariedad. Es casi poético pensar que, con el estómago vacío y sin su aguinaldo (2025), seguramente les sobrarán fuerzas para salir a operar el voto o ser alcanzados por la «magia» de las urnas en la próxima elección, pues en este sistema de bienestar tapatío, parece que lo único que tienen asegurado es la falta de opciones. Claro, porque en la tormentosa mente de la presidente cree que aun puede reelegirse.

Por cierto, ya les contaré de la licitación de estos camiones, y el gran negocio de la presidente y su socio.


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