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La ingratitud del poder: El canibalismo de Morena frente a la lealtad del PT

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Por: Jorge Eduardo García Pulido

El canibalismo electoral que Morena ejerce sobre sus aliados, particularmente sobre el Partido del Trabajo, representa una de las paradojas más agudas de la política contemporánea en México. El reciente rechazo a la reforma electoral constitucional en la Cámara de Diputados, este 11 de marzo de 2026, ha dejado al descubierto que la lealtad no es una moneda de cambio eterna. Resulta fundamental señalar que fue el PT el organismo que, durante dieciocho años de travesía, financió y sostuvo el peregrinaje de Andrés Manuel López Obrador cuando el sistema intentaba asfixiar su relevancia pública. Figuras como Alberto Anaya no solo aportaron recursos, sino que depositaron una confianza absoluta en el movimiento mucho antes de la existencia de Morena, sumando esfuerzos con el PRD para edificar los cimientos de lo que hoy se promueve como humanismo mexicano.

Esta dinámica de absorción ignora que la construcción del camino hacia la transformación actual no fue obra de una generación espontánea ni de una sola sigla, sino de una resistencia prolongada donde el PT fungió como columna vertebral. Al manifestar su propia visión frente a la reforma y no aceptar una sumisión absoluta, el partido de la estrella defiende una postura por la democracia que trasciende el pragmatismo de las encuestas. Su rechazo a la iniciativa presidencial, bajo el argumento de que esta ponía en riesgo la pluralidad al eliminar legisladores de representación proporcional y centralizar el control, es un acto de supervivencia política. Es un freno necesario frente a una fuerza mayoritaria que parece olvidar quiénes estuvieron ahí cuando el proyecto era apenas una promesa de cambio en medio de la adversidad.

La postura del PT se erige hoy como un recordatorio necesario de que la pluralidad es la esencia del avance social. Al resistirse a ser devorado por la maquinaria electoral de su aliado principal, el partido reivindica su papel histórico en la formación de la conciencia política del país y advierte sobre los peligros de transitar hacia un esquema de partido único que asfixie a las minorías. Este equilibrio es vital para evitar que el humanismo mexicano se convierta en un monólogo y para asegurar que la democracia interna de la coalición respete la trayectoria de quienes, con lealtad probada, pavimentaron el acceso al poder del que hoy gozan otros actores de reciente integración que tildan de «traición» lo que en realidad es congruencia democrática.

De cara a las elecciones intermedias de 2027, este voto disidente redefine las reglas del juego. Morena ya ha comenzado a medir el nivel de compromiso de sus socios, y el amago con un «Plan B» legislativo para sortear la negativa constitucional sugiere que la presión solo aumentará. Si el bloque oficialista no logra procesar estas diferencias con madurez, la fragmentación en la distribución de candidaturas para las gubernaturas y el Congreso federal podría ser el precio de su propia voracidad. La unidad, tan pregonada en el discurso, enfrenta hoy su prueba más ácida: reconocer que el aliado que financió el origen tiene el derecho legítimo de defender su propia existencia frente al intento de asimilación total.


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