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Tapalpa: la política entre el silencio y la sospecha

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Por Amaury Sánchez G.

Consideraciones sobre la narrativa opositora y la responsabilidad del análisis público

Sumario

El presente texto se escribe en respuesta directa a los señalamientos, artículos y declaraciones emitidos por diversos actores de la oposición, quienes han sostenido que la operación realizada en Tapalpa constituyó una “entrega pactada” entre el gobierno de Claudia Sheinbaum y el entorno político de Donald Trump. Esta columna examina dicha hipótesis desde la teoría del Estado, la práctica comparada y la lógica geopolítica, con el propósito de distinguir entre conjetura y evidencia.

El deber de responder

En democracia, la oposición cuestiona; es su función natural. Interpela, sospecha, advierte. Esa tensión es saludable. Lo que no es saludable es confundir el cuestionamiento con la conclusión anticipada.

La tesis que hoy circula en espacios mediáticos y tribunas parlamentarias sostiene que la operación en Tapalpa fue una escenificación cuidadosamente administrada: resistencia controlada, traslado conveniente y un desenlace oportuno.

La hipótesis es grave. Por tanto, exige rigor proporcional.

La operación y su contexto

Uno de los argumentos centrales descansa en la ausencia de enfrentamientos de gran escala. Se compara con episodios anteriores donde la captura de líderes criminales derivó en demostraciones violentas de fuerza territorial.

La comparación, sin embargo, parte de una premisa discutible: que las organizaciones criminales reaccionan siempre de la misma manera. La experiencia internacional muestra lo contrario. Cuando un liderazgo se debilita por edad, enfermedad o pérdida de control operativo, la defensa no necesariamente adopta la forma de guerra abierta. En estructuras empresariales ilícitas, la continuidad suele privilegiarse sobre la épica.

La falta de un enfrentamiento prolongado no es, por sí misma, prueba de simulación. Puede ser indicio de inteligencia profunda, fractura interna o cálculo estratégico.

Sospechar es legítimo. Convertir la sospecha en veredicto exige algo más que analogías.

El argumento del “trofeo mudo”

Otra línea opositora sostiene que un detenido vivo habría resultado incómodo en cortes estadounidenses, y que su muerte evitó revelaciones políticas de gran alcance.

El argumento, aunque sugerente, sobredimensiona la naturaleza de los procesos judiciales federales en Estados Unidos. Tales procesos privilegian condenas eficaces y acuerdos procesales; no operan como comisiones internacionales de depuración política.

Desde luego, existen incentivos políticos en toda coyuntura binacional. Pero afirmar que esos incentivos derivaron en un pacto clandestino de alto riesgo requiere evidencia que, hasta ahora, no ha sido presentada de manera verificable.

La cooperación en materia de inteligencia es práctica institucional entre ambos países. La conspiración bilateral, en cambio, implicaría costos políticos de tal magnitud que difícilmente se asumirían sin filtraciones inevitables.

Geopolítica y estabilidad

Se ha señalado que el contexto previo al Mundial de 2026 genera presiones adicionales para exhibir control territorial y estabilidad regional.

Es cierto que la seguridad es variable económica. Es igualmente cierto que Estados Unidos prioriza estabilidad en su frontera sur.

Sin embargo, en la práctica diplomática contemporánea, la estabilidad se gestiona mediante coordinación institucional, no mediante escenificaciones que comprometerían la legitimidad de ambos gobiernos si se comprobara su existencia.

El realismo político no es sinónimo de temeridad.

La dimensión estructural

La crítica más atendible no es la del pacto, sino la de la permanencia estructural. La historia demuestra que la eliminación de un líder no desarticula automáticamente una red criminal.

Si no se intervienen flujos financieros, rutas logísticas y redes de lavado, la organización se adapta. Cambia mando. Ajusta jerarquías. Continúa operación.

Ese fenómeno no es evidencia de entrega pactada; es evidencia de que el crimen organizado opera bajo lógicas corporativas.

La simplificación conspirativa resulta atractiva porque ofrece una explicación compacta. La realidad estructural es más compleja y menos satisfactoria.

Conclusión

Esta columna responde a la narrativa opositora no para descalificarla, sino para exigir el mismo estándar de rigor que se reclama al poder.

Lo plausible:

– Existencia de inteligencia compartida.

– Debilitamiento previo del liderazgo criminal.

– Aprovechamiento político del resultado.

Lo no demostrado:

– Un acuerdo bilateral explícito para simular resistencia.

– Una muerte inducida con fines diplomáticos.

– Una sucesión criminal negociada desde el Estado.

La responsabilidad del análisis público consiste en separar lo probable de lo espectacular. En tiempos de polarización, esa distinción es más necesaria que nunca.

Porque cuando el debate se instala en la insinuación permanente, la política deja de ser deliberación y se convierte en sospecha perpetua.

Y la sospecha, sin evidencia, es apenas un eco.

 


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