
Por Amaury Sánchez G.
En política internacional, como en las fiestas de rancho, hay dos tipos de reuniones:
las que se hacen para resolver problemas…
y las que se hacen para echarle la culpa a alguien que ni siquiera está presente.
La famosa cumbre que organizó Donald Trump en Miami parece haber pertenecido a la segunda categoría.
Porque ahí estaban varios líderes latinoamericanos muy formales, muy sonrientes, muy atentos… escuchando al anfitrión explicar que el epicentro de la violencia de los cárteles está en México y que desde aquí se derrama buena parte de la sangre del hemisferio.
Curioso diagnóstico.
Sobre todo porque, en esa reunión hemisférica tan seria, no invitaron a México.
Ni tampoco a Brasil.
Ni tampoco a Colombia.
Es decir: organizaron una reunión para hablar del crimen organizado en América Latina… sin invitar a tres de los países más importantes de América Latina.
Algo así como hacer una junta sobre el tequila sin invitar a Jalisco.
El misterio geopolítico del siglo
Ahora bien, la afirmación de Trump abre una pregunta que merece el Premio Nobel de la Lógica Internacional.
Si México es el epicentro de la violencia del narcotráfico…
¿por qué el mayor consumo de drogas ocurre en Estados Unidos?
Y hay otra pregunta todavía más incómoda.
Si en México es prácticamente imposible comprar armas de alto poder legalmente…
¿cómo es que los cárteles tienen arsenales que parecen salidos de una película de guerra?
La respuesta es un secreto que todo el mundo conoce.
Las drogas viajan al norte.
Las armas viajan al sur.
Y en medio de ese tráfico cruzado, la violencia florece como bugambilia en primavera.
Pero claro, en política internacional a veces es más fácil señalar al vecino que mirarse en el espejo.
La diplomacia del halago raro
Trump, fiel a su estilo, también tuvo palabras para la presidenta de México, Claudia Sheinbaum.
Dijo que es “muy buena persona” y que “habla bonito”.
Uno pensaría que después de ese comentario vendría una invitación formal al diálogo.
Pero no.
Fue más bien como cuando en el barrio alguien dice:
“Ese señor es muy amable… pero su perro muerde”.
En otras palabras: halago personal, crítica política.
Un clásico de la diplomacia con picante.
Lo que realmente está pasando
La realidad es menos dramática que el discurso.
Trump está construyendo una narrativa:
la de que los cárteles representan una amenaza hemisférica comparable al terrorismo.
¿Por qué?
Porque esa narrativa le permite tres cosas:
Justificar políticas más duras en la frontera.
Presionar a México para obtener mayor cooperación en seguridad.
Hablarle al electorado estadounidense que exige mano dura contra el narcotráfico.
Es política interior… vestida de geopolítica.
El siguiente paso
No, no viene una invasión hollywoodense.
La relación entre México y Estados Unidos es demasiado compleja para eso.
Pero sí viene algo que en diplomacia se llama presión por capas.
Primero el discurso duro.
Luego las exigencias de resultados.
Después la cooperación forzada.
Y, si las cosas se tensan demasiado, más medidas unilaterales en frontera y seguridad.
Nada nuevo bajo el sol del hemisferio.
Lo que México debería hacer
México no necesita responder con gritos ni con discursos patrióticos de sobremesa.
Necesita hacer algo más elegante.
Recordar, con calma y con datos, que el problema del narcotráfico es binacional.
Porque sin consumidores no hay mercado.
Y sin armas no hay guerra.
Así de simple.
Epílogo
La cumbre de Miami deja una lección.
En geopolítica, como en la política de barrio, a veces el acusado no está en la mesa…
pero es el protagonista de toda la conversación.
México no fue invitado a la reunión.
Pero, paradójicamente, fue el país más mencionado de la noche.
Y eso, para bien o para mal, significa una cosa:
cuando las potencias hablan del hemisferio…
México siempre termina en el centro del escenario.
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