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SIAPA: Entre la boca puerca de Juárez Trueba y el botín de cuello blanco

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Por: Jorge Eduardo García Pulido.

En el gran escenario de la política tapatía, donde la realidad siempre supera a la ficción de cualquier libreto de comedia, nos encontramos con una escena que ni el mismísimo Héctor Suárez hubiera podido escribir mejor para sus sketches de denuncia social.

El director del SIAPA, Antonio Juárez Trueba, en un desplante de cinismo que raya en lo magistral, se presentó ante el Congreso para decirnos, con la cara más lavada que sus tuberías, que él jamás sugirió que los ciudadanos se lavaran la boca con ese líquido achocolatado que sale de los grifos. La respuesta de la gente, cansada de recibir lodo por el precio de agua purificada, no se hizo esperar en el imaginario colectivo. Pareciera que el funcionario está esperando que el pueblo, personificado en esa justicia de barrio, lo tome del brazo y le susurre al oído con aquel tono clásico: venga para acá que su negra lo quiere ver.

Pero no lo quiere ver para darle un abrazo, sino para aplicarle la correctiva que el sentido común exige ante tanta desfachatez de salir a declarar que él nunca dijo lo que todo Jalisco escuchó.

La crisis en colonias como Santa Teresita u Oblatos no es un chiste, aunque las declaraciones de Juárez Trueba parezcan sacadas de un libreto de variedades. Si el director dice que no recomendó usar esa agua para la higiene personal, entonces la pregunta queda en el aire sobre qué espera que hagamos con el sedimento negro y el olor nauseabundo que inunda los hogares. La lógica del absurdo se apodera de la ciudad mientras la infraestructura de 1956 colapsa bajo el peso de la negligencia. Ante tal nivel de insolencia legislativa, la única solución que parece quedar es la de las abuelas de antes, esas que no permitían una mentira ni una mala palabra. A este paso, al responsable de que media Guadalajara tenga sarpullido y la otra media tenga sed, habría que aplicarle el remedio casero definitivo: habría que lavarle la boca con jabón y con petróleo, a ver si así, entre la limpieza profunda y el hidrocarburo, le sale una verdad o, de perdida, le queda el aliento tan limpio como el agua que nos prometieron y nunca llegó.

Sin embargo, para entender por qué hoy sale lodo de las llaves, hay que mirar hacia atrás, hacia esa época en la que el panismo transformó una entidad técnica en una oficina de recaudación de «diezmos no eclesiásticos». La crisis del agua en Guadalajara no es un accidente de la naturaleza; es el resultado de décadas de un cinismo institucionalizado que comenzó a pudrirse desde que el organismo fue entregado como botín político. El nombre de Rodolfo Ocampo suele ser el más mencionado por el desvío del crédito del BID, pero en los pasillos de las oficinas estratégicas de Jardines del Bosque, el verdadero operador de las sombras tenía otro nombre. Se llamaba Javier Curiel, conocido entre la cúpula como “la beba”, quien bajo su mando y con el amparo de figuras como Emilio González, Herbert Taylor y Eduardo Rosales, repartió obras a diestra y siniestra mientras inflaba una nómina que hoy resulta impagable. Fue en esos años donde se sembró la semilla de la inoperancia actual, privilegiando la lealtad política sobre la capacidad técnica.

Hoy el SIAPA es un gigante herido por una basificación obscena de personas que lo ha convertido en un organismo inviable. Mientras los ciudadanos reciben agua marrón, el presupuesto se devora en una plantilla plagada de operadores políticos que funcionan como un lastre y una estructura sindical que, sínicamente, prefiere negociar horas extras que garantizar la potabilidad del líquido. El gobernador tiene frente a sí una decisión que no admite más prórrogas. No basta con señalar la obsolescencia de las plantas; es urgente evaluar y rescindir los contratos de esos «aviadores» y operadores que fueron heredados y mantenidos por conveniencia política. Si no se desarticula esa mafia que prioriza el beneficio gremial sobre el derecho humano al agua, seguiremos condenados a pagar por un servicio que es, en el sentido más estricto, insano. Ya basta de cinismo, porque sin lugar a dudas esto también es violencia, es un atentado a la salud de la zona metropolitana de Guadalajara.


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