Por Amaury Sánchez G.
Por primera vez en casi una década, el Salón de Embajadores del Palacio Nacional volvió a ser escenario de un suceso que no pertenece solo al protocolo, sino a la historia. Frente a los estandartes de México y Francia, la presidenta Claudia Sheinbaum y el mandatario Emmanuel Macron se encontraron con la sobriedad de los estadistas que comprenden que cada palabra es una llave para el futuro. No hubo discursos vacíos, sino una declaración conjunta de voluntad: abrir un nuevo capítulo entre dos naciones que, separadas por un océano, comparten una misma convicción —la soberanía no se negocia, se ejerce con inteligencia.
El reencuentro de dos repúblicas
La visita de Macron no fue una simple cortesía diplomática. Representa, en esencia, un reacomodo del tablero geopolítico. Francia, nación que supo transitar de imperio a república con sentido universal, reconoce en México a un socio confiable, estable y con liderazgo moral en América Latina.
México, a su vez, responde con una política exterior que deja atrás los años de sumisión y replantea su papel en el mundo: cooperar sin subordinarse, dialogar sin claudicar.
Ambos mandatarios coincidieron en un principio rector: la cooperación no puede ser excusa para la injerencia. Frente a la voracidad de algunos bloques económicos y la arrogancia de potencias que pretenden dictar el destino ajeno, París y Ciudad de México reivindican el multilateralismo como herramienta de libertad compartida.
Una diplomacia de iguales
Macron llegó con un mensaje doble: colaboración en seguridad y aduanas frente al narcotráfico, pero también respeto absoluto a la soberanía mexicana. En los tiempos que corren, esa frase equivale a una declaración de principios.
Sheinbaum correspondió con la claridad de quien entiende que el desarrollo de un país no se mide solo en tasas de crecimiento, sino en su capacidad de decidir por sí mismo. Propuso una nueva etapa en la relación bilateral: científica, cultural, económica y ecológica, cimentada en el entendimiento y no en la dependencia.
En ello se advierte una coincidencia filosófica poco común: ambos gobiernos asumen la política exterior como una extensión ética de la política interna. Francia, desde su tradición republicana; México, desde su doctrina Estrada, actualizada con el sentido humanista de la Cuarta Transformación.
Economía y cultura: los puentes largos
Más de 700 empresas francesas operan hoy en México, generando más de 180 mil empleos directos y una vasta red de innovación que abarca desde la aeronáutica hasta la agroindustria. México, por su parte, se ha convertido en el principal inversionista latinoamericano en Francia.
No se trata solo de cifras: se trata de confianza mutua, un bien escaso en la economía global contemporánea.
Macron fue enfático: “Francia ama a México”. No fue una cortesía; fue una apuesta política. En un mundo donde el proteccionismo se disfraza de patriotismo, el mandatario francés reivindicó la cooperación como instrumento de progreso.
La renovación del acuerdo comercial entre México y la Unión Europea, prevista para el próximo año, puede abrir un corredor de oportunidades para las pequeñas y medianas empresas mexicanas, especialmente en sectores de energía limpia, movilidad y salud.
Pero lo más valioso de esta visita quizá no figure en los balances económicos. En un acto de profundo simbolismo, ambos gobiernos acordaron el intercambio de los códices Azcatitlán y Boturini, vestigios de la memoria prehispánica y colonial. Ese gesto resume lo que la diplomacia debe ser: reconocimiento mutuo y respeto a la historia compartida.
Ciencia, juventud y soberanía
Francia y México son hoy socios en más de 700 convenios universitarios. Francia ocupa el quinto lugar como destino de estudiantes mexicanos, lo que significa que cientos de jóvenes comparten laboratorios, aulas y sueños bajo la bandera de la ciencia y la cooperación.
Ambos países sostienen también una diplomacia feminista, una defensa del medio ambiente y un compromiso con la salud planetaria bajo el principio de “una sola salud”, que integra el bienestar humano, animal y ambiental. México se suma así al programa francés PREZODE, orientado a prevenir pandemias y riesgos zoonóticos.
Cada una de estas iniciativas traduce en hechos lo que en el discurso suena a idealismo: la construcción de un mundo más equilibrado, donde la inteligencia sustituya a la fuerza y la ciencia sea un lenguaje común.
El equilibrio en el tablero global
La visita de Macron ocurre en un momento donde el planeta busca nuevas coordenadas. Guerras, bloques económicos enfrentados y crisis ambientales amenazan con dividir al mundo entre dominantes y dominados.
México y Francia, desde sus respectivas latitudes, demuestran que es posible un tercer camino: el de la cooperación entre potencias medianas, el de los pueblos que no pretenden imponer, sino inspirar.
Ambos líderes —Sheinbaum con su temple racional y Macron con su verbo republicano— representan una generación que concibe la política exterior como un ejercicio de inteligencia histórica. Entienden que el poder sin ética es servidumbre y la diplomacia sin respeto es imposición.
Conclusión: la diplomacia como arte civilizatorio
Cuando Emmanuel Macron se despidió con un simple “Gracias, Presidenta”, no hablaba solo por cortesía. Expresaba el reconocimiento de una nación a otra, de una república que supo resistir la monarquía a un pueblo que defendió su independencia.
En 2026, ambos países celebrarán dos siglos de relaciones diplomáticas. Si esta visita marca el comienzo de una nueva etapa, podrá decirse entonces que París y Ciudad de México volvieron a encontrarse, no como antiguo colonizador y excolonia, sino como civilizaciones que comparten una misma fe en la razón, la justicia y la dignidad humana.
Porque, al final, la verdadera diplomacia no se mide por los tratados firmados, sino por los gestos que enaltecen al ser humano.
Y este encuentro entre Macron y Sheinbaum deja una enseñanza que Narciso Bassols hubiera suscrito sin dudar:
la soberanía se defiende mejor cuando se ejerce con inteligencia y se comparte con dignidad.
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