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RICTUS DEL ADIÓS Cerrar ciclos cuando el cuidado ha sido una forma de vida.


Por Mariana Navarro

<<La memoria no guarda lo que fuimos, sino lo que seguimos siendo después de amar>>

Jorge Luis Borges escribió que la memoria no es lo que recordamos, sino lo que nos reconstruye. En ese sentido, toda despedida verdadera es una operación de la memoria sobre el presente. No se pierde lo vivido; se transforma su lugar en el tiempo.

Hay duelos que no empiezan el día del adiós, sino muchos años antes.

Duelos que duran décadas porque están hechos de cuidado, de responsabilidad, de amor sostenido en silencio. Veintiocho años no son un episodio emocional: son una forma de vida. Y, a veces, también la edad de quien dejamos ir.

LA FLOR Y EL TIEMPO DEL CUIDADO

Borges sabía que la memoria convierte la experiencia en símbolo. Por eso la literatura recurre a jardines y flores cuando intenta hablar del amor y del paso del tiempo.

En El principito, la flor representa aquello que se vuelve único por el cuidado. El capelo de cristal no es solo protección: es la promesa silenciosa de quien decide hacerse responsable de la fragilidad de otro ser.

El cuidado prolongado no es solo un acto afectivo; se convierte en identidad. Quien cuida durante años aprende a vivir mirando el clima del jardín.

Pero ninguna flor permanece igual para siempre.

LOS MONSTRUOS DEL PODER

En el universo simbólico de los vínculos humanos, los monstruos no siempre llegan como violencia visible. A veces aparecen como poder, como influencia, como distorsión del lenguaje del afecto.

Son monstruos silenciosos:

el control, la manipulación, la distancia emocional, la pérdida del reconocimiento.

No destruyen la flor de inmediato; corrompen el jardín.

La literatura y la filosofía coinciden en esa intuición: cuando el poder sustituye al cuidado, el vínculo pierde su equilibrio. La flor sigue existiendo, pero el aire que la rodea ya no es el mismo.

Ese es uno de los duelos más difíciles: comprender que el amor puede sobrevivir en la memoria incluso cuando el vínculo ya no puede sostenerse en la realidad.

EL GIRASOL Y LA LUZ

El arte ha representado esta transformación con otra flor.

Los girasoles de Vincent van Gogh no simbolizan permanencia, sino orientación. Desde la biología, el girasol sigue la trayectoria del sol durante su crecimiento. Su naturaleza no es quedarse, sino buscar la luz.

La imagen es poderosa porque explica el cierre de los ciclos humanos sin necesidad de dramatismo.

La flor del cuidado pertenece a la memoria.

El girasol pertenece al tiempo que sigue.

Cerrar un ciclo no significa abandonar el jardín, sino aceptar que la vida continúa en otra dirección.

EL RICTUS DEL ADIÓS

Existe un momento en que la despedida deja de ser conflicto y se vuelve comprensión. No siempre se expresa con palabras; a veces aparece como un gesto mínimo del rostro.

El rictus del adiós es ese instante.

No es enojo.

No es olvido.

No es derrota.

Es la conciencia aceptando lo irreversible.

En ese gesto, la memoria comienza a reorganizar la historia para que la identidad pueda seguir existiendo sin aquello que la sostuvo durante tantos años.

CONCLUYENDO

Cerrar ciclos después de décadas de cuidado no significa negar el amor ni borrar el pasado. Significa reconocer que la memoria puede conservar la flor mientras la vida aprende a seguir la luz.

La flor permanece en la historia.

El capelo descansa.

El girasol sigue la luz.

Y la memoria —como sabía Borges— nos reconstruye para poder seguir viviendo.

Porque algunas despedidas no terminan el amor:

lo convierten en parte de lo que somos.

A pesar de la memoria —y también gracias a ella— seguimos existiendo.


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