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Por qué Gertz tenía que irse: un fiscal sin causas y muchas causas para irse

Por Alejandro Huerta

Que no hubo causa grave, dicen los expertos analistas: esos de títulos rimbombantes y apellidos prestigiosos, difíciles de pronunciar y de escribir, pero fáciles de ubicar en el paisaje mediático, donde pareciera que forman parte de los poderes de la Unión.

Que no hubo causa grave, repiten los intelectuales que salen a escena con bibliotecas a sus espaldas —bibliotecas que, a veces, tienen más ejemplares que las de los eruditos reales—. Juran que no existen motivos suficientes para que el hoy ex Fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero, fuese removido de su cargo. Sin embargo, nadie abogó por que se quedara; al contrario, casi todos coincidieron en que ya era momento de pasar a retirarse. Porque, aunque existe una carta de renuncia, es más que evidente que Gertz no se quería ir por voluntad propia. Lo invitaron a retirarse “amablemente”, ofreciéndole una embajada en un país amigo —se rumora que podría ser Alemania, donde, casualmente, su línea paterna tiene raíces—.

Los analistas insisten: que no hubo causa grave. Que recibir una embajada no es motivo. Que la Constitución no contempla esa salida. Se retuercen artículo por artículo para concluir que todo fue un manotazo de la Presidenta: una muestra, dicen, del “autoritarismo” para imponer a Ernestina Godoy Romero como nueva Fiscal General de la República.

Gertz llegó a la Fiscalía en enero de 2019, nombrado por el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador. Se convirtió en el primer fiscal con la característica central de ser autónomo, a diferencia de la antigua Procuraduría General de la República, que dependía directamente del Ejecutivo.

Pero durante casi siete años de gestión no solo dejó una larga lista de casos sin resolver; también obstruyó la justicia, omitió integrar carpetas sólidas y permitió que procesos clave quedaran inoperantes, especialmente aquellos que comprometían a ciertos personajes de la política. Ahí está Emilio Lozoya, observando la vida pública desde la comodidad de su casa; Francisco Javier García Cabeza de Vaca, moviéndose sin preocupación, dando entrevistas y participando en debates desde otro país; y el impresentable Alejandro Moreno Cárdenas, dirigente nacional del PRI, con acusaciones de enriquecimiento ilícito y desvío de recursos que nunca prosperaron porque el ex fiscal jamás solicitó su desafuero.

Gertz usó la FGR como un aparato de vendetta personal por el fallecimiento de su hermano. Su conflicto con el entonces Consejero Jurídico del Ejecutivo Federal, Julio Scherer Ibarra, fue una guerra abierta. La disputa estalló cuando Gertz presionó para que Scherer influyera en el Poder Judicial para negar amparos en el caso de su ex cuñada, y al negarse, vinieron las denuncias cruzadas por tráfico de influencias y presiones indebidas.

A eso se suman las filtraciones de información a un medio de comunicación en plena etapa de investigación, debilitando las carpetas. ¿A cambio de qué filtró esa información? ¿Con qué finalidad?

El señor se tomó tan en serio su “autonomía” que aparecía en la conferencia de la Presidenta cuando quería, no entregaba reportes al Senado y su transparencia era prácticamente nula. No se sabía qué hacía ni dónde estaba; rara vez daba entrevistas y poco aparecía en público.

Y así podríamos construir una lista extensa —larguísima, realmente— de causas graves para que Gertz dejara la Fiscalía. Era insostenible. Se tenía que ir, y se fue de la mejor manera posible: sin estridencias, tranquilamente, sin sobresaltos y con su premio de consolación. Porque esto de sacar funcionarios del país enviándolos como embajadores no es nuevo: recordemos cuando José López Portillo mandó a Luis Echeverría como embajador a las Islas Fiyi para sacarlo de la política nacional.

¿Será entonces que nosotros vemos algo que los analistas no? ¿O es el falso debate de siempre: buscar una causa grave para remover al fiscal, cuando hay una lista enorme de ellas, y lo que realmente hizo falta fue una posición autoritaria del Ejecutivo para alimentar las narrativas apocalípticas de ciertos personajes expertos en fabricar catástrofes políticas?

Al final, más que buscar si hubo o no “causa grave”, tendríamos que preguntarnos por qué durante tanto tiempo se normalizó que la Fiscalía General operara sin brújula, sin controles y sin voluntad real de justicia. Gertz no se fue por una intriga palaciega ni por un capricho presidencial, sino porque su permanencia ya estaba en retroceso para un país que exige instituciones vivas, no monumentos al ego.

La discusión no es si su salida cumplió con el ritual jurídico perfecto, sino por qué hubo quienes prefirieron cerrar los ojos frente a una gestión plagada de omisiones, vendettas personales, filtraciones, carpetas debilitadas y decisiones selectivas que beneficiaron a quienes no debían ser beneficiados y simplemente aplicar todo el peso de la ley

La buena noticia —y quizá la única— es que el relevo abre una nueva expectativa basada en resultados comprobados. Ernestina Godoy llega con la oportunidad de demostrar que la Fiscalía no tiene por qué ser un aparato de poder en manos de una sola persona y, al mismo tiempo, puede conservar su autonomía. Vuelve a hacer mancuerna con Omar García Harfuch y replicar los resultados obtenidos en la Ciudad de México, quizá podamos comenzar a imaginar una FGR que no dependa del humor, el apellido o las obsesiones de su titular, sino de una voluntad institucional real.

Porque, al final, las causas graves no eran para remover a Gertz.

Las causas graves eran todas las que dejó sin atender.


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