
La Redacción
La madrugada del 22 de febrero de 2026 marca un parteaguas en la historia reciente de la seguridad en México. A través de la Operación Tapalpa, un despliegue táctico ejecutado por fuerzas especiales del Ejército Mexicano en coordinación con inteligencia federal, se logró la presunta neutralización de Nemesio Oseguera Cervantes, máximo líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. El saldo reportado incluye a cuatro integrantes del grupo abatidos en el sitio y tres más durante el traslado aéreo a la Ciudad de México. Las autoridades federales enfrentan ahora una ventana crítica de 48 a 72 horas para confirmar la identidad mediante dictámenes periciales de ADN, un lapso de incertidumbre que pone a prueba la capacidad del Estado para controlar la información oficial y evitar la especulación.
La caída de la figura de mayor peso en la organización no se tradujo en un colapso operativo. La reacción inmediata fue una demostración de fuerza coordinada que asedió la Zona Metropolitana de Guadalajara y otros puntos del país con bloqueos e incendios de vehículos en arterias principales. Esta respuesta refleja que el grupo delictivo mantiene una estructura de mando funcional, capaz de ejecutar acciones simultáneas como medida de presión y exhibición de poder ante el gobierno y agrupaciones rivales. La delegación de operaciones cotidianas parece haber blindado a la organización de una parálisis total tras este golpe táctico.
El panorama a corto plazo plantea un desafío mayúsculo con tres escenarios prospectivos para los próximos noventa días. El primero, considerado el de mayor probabilidad, sugiere una fragmentación controlada donde la estructura se divida en múltiples facciones regionales, elevando la tensión y los enfrentamientos en zonas fronterizas en disputa. Un segundo escenario advierte sobre una guerra de sucesión abierta, la cual detonaría niveles críticos de violencia impactando directamente a la población civil y las actividades económicas en áreas metropolitanas. El tercer escenario contempla una consolidación rápida bajo un nuevo liderazgo que logre asumir el control operativo con una resistencia interna mínima.
A este complejo tablero se suma un factor de máxima urgencia: la cercanía de la Copa Mundial de la FIFA 2026. A poco más de cien días de la justa deportiva, Guadalajara, como sede mundialista, se encuentra en el centro de esta crisis de seguridad. El Estado mexicano tiene ante sí una estrecha ventana de oportunidad de treinta a sesenta días para desarticular la capacidad remanente del grupo en la entidad. De no lograr una contención efectiva, el vacío de control territorial pondría en riesgo la logística del evento, incrementando la vulnerabilidad de la infraestructura y los servicios, y afectando profundamente la imagen y la confianza internacional.
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