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Luis Spota: el cronista implacable de la maquinaria del poder


Por Carlos Anguiano

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En la literatura mexicana del siglo XX, pocos autores lograron descifrar con tanta crudeza y lucidez la anatomía del poder como Luis Spota. Su nombreresurge siempre que el país vuelve la mirada hacia los mecanismos que han dirigido su historia política. Spota no escribió panfletos ni catecismos partidistas. Su pentagonía política, integrada por La costumbre del poder, Todos los días del mundo, Tan oscura la noche, Sobre la marcha y El primer día, conforman quizá el fresco literario más revelador sobre el sistema presidencialista mexicano. No es exageración afirmar que, reunidas, estas novelas funcionan como una radiografía moral del país: sus rituales, sus silencios, sus ambiciones y sus temores.

En La costumbre del poder, Spota abre la puerta a un escenario que retrata sin piedad: un presidente que ejerce autoridad absoluta, rodeado de aduladores y condenado a la soledad dorada que acompaña a quienes deciden por millones

El autor muestra que la democracia es, en esencia, un acto administrado desde arriba; que la sucesión presidencial no es un proceso, sino un gesto. Y que la obediencia —más que el talento o la visión— es la virtud cardinal de quienes aspiran a heredar la silla.

Con precisión quirúrgica, retrata la coreografía de los “presidenciables”, ese elenco de leales, ambiciosos, técnicos e inconformes que gravitan alrededor del mandatario mientras aguardan una seña mínima, una inclinación de cabeza, una palabra que los eleve o los sepulte. La política, en la narrativa de Spota, es un juego donde nadie habla claro y donde todos se vigilan.

Esa visión se profundiza en Todos los días del mundo. El autor se adentra en la embriaguez inicial del presidente electo, sorprendido por el súbito cambio de su entorno: quienes lo ignoraban lo veneran; quienes lo temían lo celebran.

Aquí Spota muestra un hallazgo fundamental: el poder no transforma primero al país, sino al hombre que lo recibe. Y lo hace de un modo irreversible. El presidente pierde su vida privada, su pertenencia íntima al mundo. No es ya individuo: es institución.

Pero el poder también crea sombras. En su segunda entrega, la figura del expresidente —todavía fuerte, pero ya desprovisto de legitimidad ejecutiva— se convierte en la presencia que sostiene y, a la vez, constriñe al sucesor. Spota retrata una relación de tensión permanente: un duelo silencioso entre quien se resiste a soltar el mando y quien no sabe aún cómo ejercerlo.

Tan oscura la noche marca un giro sombrío y descarnado. El poder, desnudo de euforia, se vuelve vigilancia, sospecha, control. Spota documenta —con la fuerza narrativa del mejor cronista político— el funcionamiento de los aparatos de inteligencia, el espionaje sistemático, las redes de corrupción y el uso del miedo como herramienta de gobierno. En este universo, nadie es inocente: todos son observados, todos son potenciales enemigos, todos son piezas del engranaje.

El presidente que alguna vez fue símbolo de esperanza se convierte, en la tercera novela, en rehén de su propia paranoia. El país entero parece una sala oscura, iluminada apenas por rumores y silencios. Es la noche interminable de un poder que todo lo vigila y, por lo mismo, todo lo teme.

Más adelante, en Sobre la marcha, Spota exhibe el desgaste inevitable del gobernante que enfrenta la realidad: crisis económicas, descontento social, alianzas que se desmoronan con la misma facilidad con que antes se construyeron. La improvisación se vuelve política de Estado, y el presidente descubre que la autoridad no basta para ordenar un país que se deshace en sus manos.

Finalmente, El primer día, cierra el círculo como un eco del inicio: un presidente saliente que se sabe ya figura decorativa; un sucesor que reproduce los mismos rituales; un sistema que se repite con exactitud ritual, sin aprendizaje y sin rupturas.

Spota revela, con amarga claridad, que el poder en México no se conquista: se hereda. Y que la política es un ciclo que se recicla a sí mismo, independientemente de los hombres que lo habitan.

Hoy, cuando el país continúa debatiéndose entre cambios reales y permanencias profundas, volver a Spota es más que un ejercicio literario: es un acto de memoria. Su obra no sólo narra un tiempo, sino un modo de ser del poder. Y al recordarlo, recordamos también que la crítica, la lucidez y la palabra siguen siendo formas de resistencia frente a los viejos hábitos de la política.


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