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Los muertos que marchan entre letras: la “Z” impostada y la reveladora “Y”


Por Aldo Alejandro Huerta Valdez

Las marchas —al menos como las entendemos hoy: organizadas, públicas y con una causa explícita— comenzaron a consolidarse en el siglo XIX, cuando distintos grupos sociales empezaron a usar la calle como herramienta legítima de presión. Era la forma de hacer visible una demanda que no encontraba espacio en las instituciones. Desde entonces, la calle se volvió el lugar donde las causas se amplifican.

A lo largo del planeta, a lo largo del tiempo, se ha marchado por motivos que en su mayoría han sido justos, altruistas y necesarios para fortalecer el tejido social. Gracias a muchas de esas luchas se han logrado cambios reales. Y, claro, también existen las marchas cuya causa raya en lo absurdo, lo injusto o incluso lo ridículo —visto desde fuera.

 

México no ha sido la excepción. De hecho, es todo lo contrario: somos uno de los países donde más se marcha. En ciudades grandes, cada semana hay un flujo constante de movilizaciones: unas pequeñas, otras masivas, pero siempre presentes. Esto habla no solo de inconformidad, sino de una cultura política donde la calle sigue siendo el espacio legítimo para exigir. Desde la emblemática Marcha del Silencio del 68 hasta Ayotzinapa o las movilizaciones feministas del 8M, nuestras avenidas han sido escenario de causas indispensables… y también de oportunismos cuidadosamente disfrazados.

 

El pasado 15 de septiembre de 2025 se llevó a cabo en México la mal llamada marcha de la “Generación Z”. La causa principal —según se difundió— era exigir justicia por el reciente asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manso, fundador del Movimiento del Sombrero. Manso, quien alguna vez militó en Morena, se volvió independiente al no obtener candidatura… y terminó arrasando en las urnas.

 

A esto se sumaba la reciente manifestación en Nepal: un grupo de jóvenes que, tras el cierre de redes, protestó contra el gobierno hasta hacerlo caer de forma violenta e incendiaria. La coincidencia temporal de estos hechos, al parecer, movióciertos hilos en la política mexicana y abrió la puerta para impulsar intereses muy particulares.

 

La supuesta “Generación Z” convocante terminó desmintiendo públicamente haber organizado la marcha. Y era lógico: según expertos, esta generación —que va aproximadamente de los 14-15 a los 28 años— no suele colocarse al frente de este tipo de movimientos políticos.

Por otro lado, Grecia Quiroz, viuda de Carlos Manso y hoy alcaldesa de Uruapan, también se deslindó. Dijo no avalar la violencia, no participar en la marcha ni convocar a nadie. Se apartó por completo.

 

Entonces… ¿qué queda si eliminamos de la ecuación a X y Z?

Nos queda la incómoda “Y”.

 

¿Quién es “Y”? ¿A dónde nos lleva esa incógnita? ¿Quién encabezó realmente esa marcha mal llamada “Generación Z”?

 

La respuesta aparece cuando aplicas tantito sentido común y miras quiénes aprovecharon el momento: una oposición nauseabunda que ahora como tantas veces salió a convocar, a participar, a “defender la justicia”. Personajes detestables promoviendo la marcha, desde un evasor multimillonario hasta un ex presidente que, en palabras de la Presidenta, “ni a chavo ruco llega”.

Y los medios tradicionales, que quizá no convocaban abiertamente, pero sí empujaban con entusiasmo a quienes están en desacuerdo con este gobierno.

 

Manifestarse no tiene nada de malo. Exigir justicia no tiene nada de malo. Pedir que se acabe la corrupción o que haya seguridad tampoco.

Lo que sí es un problema es no llamar a las cosas por su nombre.

Lo malo es ver a una oposición decadente colgándose de otros movimientos para inventar un fenómeno social “ciudadano”, cuando en realidad es solo un golpe político mal disfrazado.

 

Sí, hubo jóvenes de la Gen Z, pero la gran mayoría eran las mismas caras de siempre: los mismos grupos que han participado en todas las marchas de esta oposición raquítica, siempre bajo nombres nuevos… pero siempre con la misma causa: volver al poder.

 

La marcha se anunció como pacífica, blanca, casi de misa dominical. Pero la realidad mostró otra cosa: grupos preparados con herramientas para retirar vallas, violencia verbal en entrevistas, ciudadanos actuando como si el odio fuese programación automática. Hubo quien hasta arrancó un gafete a un reportero para tirarlo al suelo.

Y no, no era el “bloque negro”.

 

Esta llamada “Marcha del Gen Z” debió tener otro nombre. Se me ocurren varios, pero prefiero guardarlos por respeto a quienes sí creyeron genuinamente en el movimiento… y fueron usados por la oposición de siempre.

 

Un PRI convaleciente, desahuciado, aferrado a una herencia que ya no existe. Un PAN atrapado en su propia nostalgia, soñando con recuperar privilegios perdidos. Incluso diría que, en algún rincón, ambos se recriminan no haber gobernado mejor cuando tuvieron la oportunidad, porque de haberlo hecho, hoy tendrían la percepción del ciudadano de su lado.

Pero ese ciudadano ya no se engaña tan fácil.

 

¿Qué pasó entonces con esta manifestación?

La que aseguraban que sería pacífica, sin encapuchados, sin tensiones… y terminó siendo todo lo contrario.

¿De verdad se buscaba visibilizar a jóvenes exigiendo justicia?

¿O lo que se quería mostrar —a toda costa— era que la oposición todavía respira, que aunque esté tirada en el piso, todavía puede lanzar una patada para ver si alguien voltea?

 

Yo me quedo con la segunda. Y aunque no me guste sonar a ave de mal agüero, es evidente que este fue apenas el primer golpe de un plan que se cocina desde ultratumba.

 

Porque entre muertos, letras e imposturas, lo que quedó claro fue esto: no era una marcha Z.

Era una marcha donde la Z era máscara, y la Y —la incómoda— terminó revelando que lo único que se quería visibilizar era la violencia.


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