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La telaraña dorada de la élite: hilos decorrupción y una pensión milenaria

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Por Alejandro Huerta

Los hilos de la corrupción son tan delgados como la seda de una araña: casi imperceptibles al ojo humano, pero tan resistentes como un cable de acero. Se extienden tanto como una vía férrea que incluso trascienden fronteras  y están tan entrelazados entre sí que terminan formando una red poderosa, diseñada como un seguro contra la caída libre. Y cuando, por fin, se logra cortar uno de esos hilos, el dueño sabe que no se estrellará contra el suelo. Caerá en blandito. Será arrojado, sí, pero también protegido: le lavarán la cara, le colocarán de nuevo el arnés en la espalda y lo subirán otra vez al mismo sistema que juró combatir. No es una falla del sistema; es su mecanismo de seguridad.

Todo apunta a que uno de esos hilos largos y bien tensados conduce directamente a María Amparo Casar. Y hoy, cuando una nueva fiscal parece decidida a no dejar títere con cabeza, resulta que las tijeras —esas que nunca se usaron en la fiscalía anterior— por fin salen del cajón.

El ex presidente Andrés Manuel López Obrador dedicó en su libro “Gracias” un capítulo a este episodio, bajo el título “Un asunto muy penoso”. Ahí relata cómo, valiéndose de esos hilos finísimos de la corrupción, la señora María Amparo Casar Presidenta de una asociación llamada “Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad” obtuvo una pensión por viudez presuntamente irregular.

Casar no fue una figura menor. Fue coordinadora de asesores del entonces secretario de Gobernación, Santiago Creel, durante el gobierno de Vicente Fox. Un cargo ubicado en la cúpula del poder, ideal para tejer relaciones, favores y lealtades dentro de aquel gobierno de élite que llegó prometiendo sacar a las “tepocatas prietas de la corrupción”… para después aprender a convivir con ellas y conectarlas a la  misma red.

Su entonces esposo, Carlos Fernández Márquez Padilla, amigo de Octavio Aguilar Valenzuela, quien fue designado por el propio Fox como director corporativo de Administración de Pemex. Aguilar Valenzuela, por cierto, hermano de Rubén Aguilar, vocero presidencial. El mérito, como suele ocurrir, fue lo de menos.

Fernández Márquez ingresó a Pemex en junio de 2004. No por ser el perfil más idóneo, sino por los nexos de poder ya bien tejidos. Laboró apenas 129 días y, según el peritaje, se suicidó arrojándose desde un edificio de Pemex.

La eficiencia burocrática vino después. El 7 de octubre de 2004 ocurrió el fallecimiento. Para el 29 del mismo mes, la señora Casar ya cobraba el primer pago de la pensión. Y el 19 de noviembre, el seguro de vida por más de 17 millones de pesos estaba depositado. Todo esto antes de que existiera un dictamen pericial oficial definitivo. Cuando los hilos son los correctos, los trámites no se atoran.

 

A la pensión mensual de 125 mil pesos —improcedente a todas luces, dicho sea de paso— se sumaron otros beneficios, como el pago de los estudios de sus hijos en una de las instituciones de mayor abolengo entre las élites intelectuales del país: el ITAM. Porque, al parecer, el dolor también se sobrelleva mejor con respaldo financiero.

En fin, una larga serie de irregularidades que ya son más que conocidas y ampliamente comentadas en los medios. Y aun así, no falta quien intente defender el caso recurriendo al melodrama: “la pobre viuda”, dicen algunos. Otros van más lejos y buscan imponer la narrativa de una perseguida política por atreverse a criticar al gobierno. Hay que ser muy ingenuo —o francamente cínico— para comprar ese relato.

Los hechos son claros y, al menos los conocidos, innegables. Y representan una ofensa directa para el ciudadano de a pie, ese que sobrevive con pensiones raquíticas o que jamás verá cuatro mil pesos diarios depositados en su cuenta. Porque eso es lo que significa esta pensión: cuatro mil pesos al día, casi quince salarios mínimos a valor actual. Y eso desde 2004. Mejor ni hacer el cálculo de cuántos salarios mínimos de entonces han sido cobrados con total normalidad; daría vergüenza.

Pero si el monto ya resulta un abuso evidente, la temporalidad roza el absurdo. No se trata de una pensión vitalicia, sino milenaria. Está programada para dejar de pagarse en el año2999. Sí, leyó bien. Para entonces, la señora Casar tendría 1,043 años de edad. Ni Matusalén habría llegado a cobrarla completa.

Parece chiste, pero no lo es. Es real. Y es profundamente cínico.

Más aún si se recuerda que la señora Casar fue una férrea crítica de las pensiones del Bienestar otorgadas por los gobiernos de la Cuarta Transformación, a las que calificó sin pudor como clientelismo. Y, sin embargo, cuando su pensión de viudez fue cancelada precisamente por su carácter anómalo durante el gobierno del ex presidente Andrés Manuel López Obrador, tuvo la desfachatez de tramitar un amparo. Como era de esperarse, le fue concedido. Porque la red de corrupción también alcanza al Poder Judicial, obligando a Pemex a reactivar el pago y cubrir los retroactivos no entregados.

No existe un solo escenario en el que el ciudadano común pueda justificar esto como correcto. Y salir a decir “me persiguen por ser crítica del gobierno” no es más que una exageración conveniente, una coartada gastada. Puede seguir criticando al gobierno todo el tiempo que dure su pensión —es decir, casi por la eternidad—, nadie se lo impide.

Lo que no se puede es presidir una asociación que dice combatir la corrupción y la impunidad y, al mismo tiempo, encarnar ambas. Eso no es incongruencia: es descaro. Es mirarse todos los días al espejo y ver, sin rubor alguno, exactamente lo que no se debe hacer.

En resumen, este es solo uno de los muchos casos de corrupción e impunidad que hoy conocemos porque logró salir a la luz pública. Pero la pregunta obligada es cuántos otros permanecen ocultos, cuántas formas de saqueo a Pemex siguen colgadas de esos hilos invisibles que nadie se atreve a cortar.

Hilos que provienen de una enorme madeja de intereses, donde jalar uno implica mover y tensar muchos más, y donde el sistema siempre termina protegiendo al mismo grupo selecto: intelectuales, periodistas, funcionarios públicos, empresarios y hasta asociaciones civiles que presumen combatir la corrupción, como Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad.

Porque en esta historia, como en tantas otras, la araña puede cambiar d


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