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¿La presidenta aprendió la lección en cabeza ajena? La presión por Marcelo desde Washington.

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Por: Jorge Eduardo García Pulido

Jalisco ha sido históricamente un laboratorio de poder donde los cacicazgos nacen, se transforman y, cuando no saben pactar, se destruyen. Para entender el presente y plantear si el actual gobierno federal asimiló los errores del pasado, es obligatorio mirar el tablero desde sus cimientos universitarios, las venganzas presidenciales y la reconfiguración dictada por la presión internacional rumbo al 2027.

El control en el estado no se explica sin la evolución de la fuerza estudiantil y sus ramificaciones en el poder público. Las bases sentadas por José Guadalupe Zuno y Carlos Ramírez Ladewig crearon un monopolio que eventualmente requirió una intervención desde el centro del país. La transición de la FER y la FEG hacia la FEU no fue una simple evolución orgánica; fue la revancha de Carlos Salinas de Gortari contra Luis Echeverría. Para sepultar cualquier rasgo del echeverrismo y su influencia en las calles, Salinas empoderó a Raúl Padilla López, ayudándole a desmantelar a la FEG para instaurar a la FEU como un instrumento de derecha, pragmático y a la medida del salinismo.

Ese mismo peso político sembró la semilla del mayor choque histórico reciente. La incompatibilidad entre Andrés Manuel López Obrador y Raúl Padilla fue una colisión frontal. El expresidente quiso doblegar a la estructura universitaria desde el atril, pero en su afán de confrontación constante, descuidó el armado interno de su propio movimiento en Jalisco.

En ese vacío creció Carlos Lomelí Bolaños, cobijado por Yeidckol Polevnsky. Su pragmatismo lo llevó a construir puentes insospechados, como el pacto forjado con Pablo Lemus durante la alcaldía de este último en Guadalajara. Aquel «baño de oro» político hizo que ambos actores se plantearan adueñarse en conjunto de la candidatura a la gubernatura bajo las siglas guindas. Pero la imposición desde el centro del país de Claudia Delgadillo González reventó el acuerdo. Lomelí operó en contra, la maquinaria se atascó, la unidad jamás llegó en el 2024 y la fractura entregó el estado a un Lemus que supo capitalizar el caos.

Llegamos así a la gran interrogante del presente: ¿la presidenta aprendió la lección en la cabeza de su antecesor?

Los movimientos recientes indican que sí, pero la respuesta no obedece únicamente a una reflexión local, sino a un tablero geopolítico mucho más complejo. Se repite la historia del lopezportillismo, donde el entorno global y las crisis determinan el rumbo interno. Hoy, la mandataria enfrenta una presión inmensa desde la Casa Blanca. La relación construida entre Donald Trump y Marcelo Ebrard es una carta que Washington sabe jugar, empujando a la presidenta a ceder espacios de poder al excanciller para mantener la estabilidad.

El gobierno federal se encuentra en una disyuntiva definitoria. Si el sexenio se decanta por ser una crisis de carácter político y de seguridad, el hombre fuerte del régimen será Omar García Harfuch. Pero si el embate principal es económico, arancelario y dictado por la presión de Trump, el indispensable es Marcelo Ebrard.

Ante este peso económico y diplomático, Ebrard cobra sus dividendos territoriales y Jalisco se declara hoy un estado eminentemente marcelista. En lugar de mantener una guerra de desgaste contra el Grupo Universidad, el gobierno optó por la asimilación. La llegada de Ricardo Villanueva Lomelí a Morena ocurre bajo el manto protector de Ebrard, Mario Delgado y Ricardo Monreal, cediendo el control a una estructura con verdadera capacidad de operación y evitando las fracturas por imposición.

Esta operación de cirugía fina ya perfila a sus piezas para el 2027. Los cuadros marcelistas toman posiciones inamovibles: María Elena Farías se consolida en El Salto, mientras que en el legislativo Fabio Castellanos amarra su capital como Diputado Federal. Las joyas de la corona metropolitana ya tienen destino trazado: Mauro Lomelí se perfila como el candidato a la alcaldía de Zapopan, y Mery Gómez Pozos se enfila para Guadalajara.

Al entregar las llaves del estado al bloque marcelista y sumar a Villanueva, la lección inicial parece clara: el poder en Jalisco no se impone, se teje. Queda, sin embargo, una última pregunta abierta para el escrutinio público: si el padre político de Ricardo Villanueva era el enemigo jurado de Andrés Manuel, ¿fue verdaderamente correcto designar a Villanueva y al flácido músculo universitario para pactar con Movimiento Ciudadano y garantizar que Morena siga sin aparecer en el estado?


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