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La metamorfosis del cinismo: El neoliberalismo de cuartel en Venezuela y las ondas de choque para México


Por: Jorge Eduardo García Pulido

La historia latinoamericana está repleta de paradojas, pero pocas tan crueles y sofisticadas como la que protagoniza la Venezuela actual. Lejos de la retórica incendiaria de la soberanía popular, el régimen de Nicolás Maduro ha operado una mutación estructural que debería helar la sangre de cualquier demócrata en la región: la transición de un estatismo fallido a un neoliberalismo autoritario, salvaje y profundamente excluyente. Este no es un ajuste económico ortodoxo; es la institucionalización del «capitalismo de compadres» llevado a su máxima expresión, donde la ideología se ha convertido en un simple cascarón vacío para ocultar el saqueo sistemático de la nación.

Para entender la gravedad de esta alerta, debemos diseccionar la naturaleza del fenómeno. La «PaxBodegónica» que vive Caracas —caracterizada por la libre circulación del dólar, la exuberancia del consumo de lujo y la privatización opaca de activos estatales— no es un signo de recuperación, sino la evidencia de un pacto de sangre entre la cúpula militar y una nueva oligarquía financiera parasitaria. Al amparo de la Ley Antibloqueo, se ha derogado de facto la constitución económica para permitir el despojo de la propiedad pública sin licitaciones, sin transparencia y sin retorno social, instaurando un darwinismo social donde solo sobreviven quienes tienen acceso a divisas extranjeras, condenando al resto a la miseria planificada.

Las consecuencias de esta deriva para la geopolítica regional, y específicamente para la estabilidad de México, son múltiples, inmediatas y devastadoras, y deben ser leídas con rigor quirúrgico.

En primera instancia, la consecuencia más palpable es la normalización del Estado dual. Venezuela exporta hoy un modelo tóxico donde conviven dos realidades legales: una para el ciudadano común, sometido al peso de la ley y la carestía, y otra para la élite gobernante, que opera en una zona de total impunidad y desregulación financiera. Esta dualidad amenaza con contagiar a las democracias frágiles de la región, incluido México, validando la idea de que la justicia y la legalidad son mercancías negociables y no derechos universales. Si aceptamos diplomáticamente que un gobierno puede suspender el estado de derecho para favorecer negocios privados oscuros bajo la excusa de la «resistencia política», estamos abriendo la puerta a nuestra propia degradación institucional.

Una segunda consecuencia crítica es la reconfiguración de los flujos migratorios y criminales. La neoliberalizaciónvenezolana no detendrá el éxodo; lo transformará. Al destruir la red de seguridad social en favor de un mercado voraz sin contrapesos, se empuja a millones a la marginalidad, nutriendo las filas del crimen organizado transnacional. México, como territorio de paso y destino, recibirá el impacto directo de esta desesperación humana, no ya por razones ideológicas, sino por la asfixia económica de un sistema que ha decidido que la mitad de su población es prescindible. Además, la economía dolarizada y sin supervisión de Venezuela se convierte en la lavadora de dinero más grande del continente, inyectando capital ilícito en las economías vecinas y corrompiendo estructuras financieras regionales.

Finalmente, y quizás la consecuencia más insidiosa para la vida pública mexicana, es el precedente político de la militarización de la economía. El modelo venezolano demuestra que entregar el control de los sectores estratégicos (petróleo, minería, importaciones) a las fuerzas armadas no garantiza la soberanía, sino que crea una casta intocable con incentivos perversos para perpetuar el conflicto y el autoritarismo. La lección para México es brutalmente clara: cuando el poder civil cede espacios económicos al poder militar y se sustituye la transparencia por la «seguridad nacional», se gesta un monstruo que eventualmente devora a la democracia misma.

La injusticia que emana de Caracas no es un asunto interno; es una advertencia global. Validar o ignorar este proceso de “neoliberalización’ encubierta es ser cómplices de una gran estafa histórica. México debe mirar en ese espejo no para ver lo que fuimos, sino para evitar en lo que podríamos convertirnos si permitimos que la retórica populista sirva de coartada para la construcción de una oligarquía que, al final del día, no tiene bandera, solo bolsillos.


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