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La marcha del sombrero

Por Amaury Sánchez G.,

una versión, amarga y sin edulcorante

Crónica de una concentración donde cada quien marchaba por algo… excepto por lo mismo.

Si algo quedó claro el sábado pasado es que la Generación Z no solo existe: también hace ruido, aunque a veces no sepa exactamente para qué. Y no es culpa suya. Los muchachos crecieron entre pantallas, algoritmos y tutoriales para aprender lo que antes enseñaba la abuela. Son digitales, rápidos, críticos, multitask… y vulnerables a cualquier convocatoria que llegue con diseño bonito, música pegajosa y un influencer diciéndoles que “la democracia te necesita, bro”.

La marcha del sábado fue un catálogo de esa confusión generacional: una mezcla entre festival, velorio político, feria de quejas y mitin disfrazado de trending topic.

Un tianguis emocional disfrazado de protesta

La primera señal de que aquello no era una marcha tradicional fue la diversidad… o más bien la dispersión.
Le preguntabas al de atrás, y tenía un motivo.
Le preguntabas al de adelante, y tenía otro.
Le preguntabas al del sombrero, y tenía tres.

Parecía que cada quien había pedido protesta a la carta:

– Seguridad, dijo uno.
– Medicinas, dijo otra.
– Narco, gritó aquel.
– Trabajo, murmuró el siguiente.
– Conahcyt, reclamaron unos académicos enojados porque las plataformas federales no les procesan sus solicitudes como si fueran pedido de Uber Eats.
– Y yo vengo por Carlos Manzo, dijo un señor que no sabía ni dónde estaba, pero traía un sombrero que parecía recuerdo heredado del mismísimo Profesor Jirafales.

Nunca en la historia una marcha había logrado juntar tantas causas incompatibles… y tan poca claridad.

Era como si alguien hubiera sacudido una piñata política y cada quien recogiera el dulce que le tocó, aunque fuera uno vencido.

El desfile del sombrero extraviado

La antropología urbana merece un capítulo especial para analizar el fenómeno del sombrero.
Una cosa es usar sombrero porque es tu identidad.
Otra es usarlo porque te dijeron que te veías “más pueblo”.

Allí vimos sombreros tan grandes que podían cubrir la deuda externa.
Sombreros tan pequeños que parecían tapones emocionales.
Sombreros tan ajenos que daban pena, como cuando el niño usa el traje de su papá para el festival escolar.

Hubo uno que parecía la “vasinica de la abuela” , otro con un bordado que gritaba MADE IN PANISTÁN, y varios que se veían tan nuevos que olían a recién comprado en Amazon con envío urgente.

Más que manifestación política, aquello parecía un casting para una versión low-cost de Los Tres Huastecos.

La invasión de los bots peregrinos

Y aquí viene la parte bonita: la convocatoria.

No se hagan.
No fue WhatsApp del primo, ni TikTok orgánico, ni “la juventud despertando”.
Las plataformas que movieron la marcha nacieron más rápido que un emprendimiento piramidal.

Tres días antes nadie las conocía; dos días después tenían más actividad que una crisis en Twitter; y el sábado ya estaban moviendo gente como si regalaran iPhones.

¿Bots extranjeros?
Por supuesto.
Bots con acento europeo, asiático, americano…
Una verdadera ONU de algoritmos marchando por una causa que ni ellos entendían.

La pregunta no es si hubo bots.
La pregunta es: ¿cuál país metió más?
Porque esto parecía Eurovisión pero de indignación automatizada.

Los patrocinadores: los mismos de siempre

Y mientras los jóvenes marchaban confundidos, los adultos responsables también participaron… pero desde sus oficinas con aire acondicionado.

PAN y PRI pusieron la escalera.
Claudia X. González puso el megáfono.
Ricardo Salinas puso la chequera y la narrativa del mártir multimillonario que, pobrecito, solo debe unos cuantos miles de millones y se siente perseguido porque le piden que pague.

Imagínese usted, qué injusticia.
A cualquiera le puede pasar.
Sobre todo si no paga los impuestos… ni las deudas… ni las multas… ni el internet.

Lo sorprendente es que ahora resulta que Salinas es el Che Guevara de los morosos.

Una marcha de causas huérfanas

El gran problema fue que nadie sabía quién lideraba.
No hubo un discurso central.
No hubo un objetivo común.
No hubo una narrativa coherente.

Era, como diría el Ingeniero Ortiz, una ensalada sin lechuga.

Los muchachos reclamaban una cosa.
Los académicos exigían otra.
Los partidos empujaban otra agenda.
Los empresarios otra.
Los bots lo que sea que los bots empujen.

La marcha no fue un movimiento ciudadano:
fue un colado masivo de causas frustradas buscando dónde llorar.

¿Orgánica? Solo si hablamos del precio del tomate

Decir que fue orgánica es como decir que un reality show es espontáneo.

Orgánico sería que la gente llegara sola, sin bots, sin padrinos, sin partidos cargando acarreados disfrazados de “sombrero democrático”.

Orgánico sería que hubiera una sola causa, clara y legítima.

Aquí lo único orgánico fue la frustración.
Esa sí era 100% natural y libre de pesticidas.

Conclusión ácida como limón en herida

Esta no fue una marcha ciudadana.
Fue un columpio emocional para gente con enojo acumulado.
Fue un ensayo de manipulación.
Fue una válvula de escape disfrazada de heroísmo.
Fue un desfile de sombreros que nunca encontraron su cabeza verdadera.

La Generación Z sí salió.
Pero salió a un evento que otros construyeron, otros financiaron y otros manipularon.

Y lo más irónico:
Todos marcharon al punto donde se les indico , pero nadie caminó hacia la misma dirección.


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