
Por: Jorge Eduardo García Pulido
Si el Louvre dependiera de la curaduría ideológica de Ricardo Salinas Pliego, el Ala Denon amanecería hoy con las puertas encadenadas, sumida en la misma oscuridad litúrgica con la que el clero cerró los templos durante la Ley Calles. Pero esta vez, el «cese de culto» no sería para protestar contra un gobierno ateo, sino para proteger a los fieles del libre mercado de una herejía visual: la de La Libertad guiando al pueblo.
Para la visión del magnate, ese lienzo es un error histórico, casi un panfleto populista pintado al óleo. En el mundo de Salinas, donde «la igualdad es el peor enemigo de la libertad», el cuadro de Delacroix resulta insoportable. ¿Cómo es posible que la Libertad, esa diosa que él imagina vestida de alta costura y firmando cheques, aparezca ahí, con el pecho sucio de pólvora, abrazada por una chusma de obreros y estudiantes? Para el «Tío Richie», esa mezcla de clases sociales, ese sudor colectivo, no es libertad; es el caos de la igualdad, es el germen del «virus comunista» que tanto le espanta.
El cierre metafórico de esa sala es un acto de higiene mental para la derecha empresarial. Así como los cristeros escondieron los sacramentos para no mancharlos con la ley civil, Salinas escondería a la Marianne para que no contamine su dogma de que la libertad es un privilegio individual y no una conquista colectiva. Bajo su mirada hipócrita, el Louvre pierde todo su valor si insiste en enseñarnos que la libertad se gana en las barricadas y no en las cuentas bancarias. Para él, esa sala debe permanecer cerrada, no vaya a ser que alguien entre, vea el cuadro y descubra que la verdadera libertad siempre ha sido compañera inseparable de la igualdad.
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