
Por Mariana Navarro
“NUNCA VIOLENCIA.”
Una filosofía del vínculo.
Una niña imaginaria, hecha de letras y papel, puede ser más peligrosa que un discurso.
No porque rompa cosas, sino porque rompe el orden invisible que durante siglos se llamó “educación” cuando, en realidad, era obediencia por miedo.
Astrid Lindgren —la autora sueca que dio vida a Pippi Calzaslargas— no se limitó a escribir literatura infantil. Con el tiempo, convirtió su autoridad moral en una palanca pública: una manera de empujar a su país a decir en voz alta lo que muchos pensaban en silencio.
Y Suecia, en 1979, se convirtió en el primer país del mundo en prohibir explícitamente el castigo corporal como “disciplina” en casa.
EL ORIGEN NO ES UNA FECHA, ES UN CLIMA
Astrid nació en 1907, en la granja Näs, cerca de Vimmerby, en la región de Småland. La biografía oficial insiste en un rasgo que suele pasar desapercibido: su infancia estuvo marcada por un clima de confianza. No el mito romántico del campo, sino la experiencia concreta de sentirse segura para explorar.
Esa vivencia importa porque la discusión sobre crianza suele reducirse a métodos. Lindgren proponía otra cosa: una filosofía del vínculo. En su obra, el niño no es “material a corregir”; es alguien con dignidad propia.
PIPPI: LA AUTONOMÍA COMO ESCÁNDALO
La historia sobre el nacimiento de Pippi se ha contado muchas veces: en 1941, durante una enfermedad de su hija Karin, aparece el nombre Pippi Långstrump y Astrid comienza a inventar relatos. El libro se publica en 1945 y la reacción adulta es, en buena medida, de alarma: demasiada libertad, demasiado descaro, demasiada independencia.
Pero lo decisivo no fue el éxito comercial, sino el símbolo.
Pippi puso en el centro una pregunta que incomoda a cualquier sociedad disciplinaria:
¿por qué un niño debe someterse para ser considerado bueno?
DE LA FICCIÓN A LA TRIBUNA
En 1978, Astrid Lindgren recibe el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes y pronuncia un discurso que se volvería referencia: “Never Violence!” (“Nunca violencia”). Un alegato contra la violencia que empieza en casa y golpea primero a los niños.
No es un texto “de moda”.
Es un gesto estratégico. Lindgren utiliza la máxima visibilidad cultural para intervenir en el debate público. Habla del castigo físico no como tradición, sino como forma de poder: una pedagogía del miedo.
1979: CUANDO EL ESTADO PONE LÍMITE A LA MANO ADULTA
Un año después, Suecia aprueba la reforma que prohíbe el castigo corporal como práctica disciplinaria hacia menores. La historia legal es más amplia que una sola figura, pero el punto es este: Lindgren fue una de las voces que ayudó a cambiar el clima social para que la ley no pareciera una “exageración”, sino un acto de justicia.
Además, la prohibición sueca no se quedó como texto frío. Se acompañó de campañas públicas de información y discusión social, lo que explica parte de su fuerza cultural y su permanencia en el tiempo.
CONCLUYENDO
La pregunta que dejó Astrid Lindgren no es sueca.
Es universal: ¿qué aprende un niño cuando el amor se mezcla con el golpe?
La respuesta es simple y brutal: aprende miedo.
Y el miedo, tarde o temprano, se vuelve herida.
Pippi fue el ensayo imaginario de una sociedad distinta.
La ley de 1979 fue el intento de volverla real.
“Nunca violencia” no es solo una consigna.
Debe ser amor:
amor sostenido en el tiempo y en el espacio,
amor que no hiere,
amor que guía —siempre y para siempre—
con la mano que acompaña,
no con la mano que golpea.
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