
Por: Jorge Eduardo García Pulido
La Verdad Jalisco
Lo que ocurre hoy en el Congreso de Jalisco ha dejado de ser política para convertirse en literatura gótica. La llamada «Ley Gobel» no es un acto de justicia social; es una ironía macabra, una escena que parece arrancada no de un tratado humanista, sino de las atmósferas asfixiantes de La caída de la Casa Usher.
Diputados como Yussara Elizabeth Canales González, Itzul Barrera Rodríguez, Tonantzin Elusay Cárdenas Méndez, Leonardo Almaguer Castañeda, Miguel de la Rosa Figueroa y Tonatiuh Bravo Padilla, actúan como personajes de un cuento de terror psicológico. Son mercaderes de lo fúnebre que intentan convencernos de que un expediente legislativo tiene pulso.
Al igual que en aquella narrativa de ruina y locura, donde la obsesión con la muerte roza lo grotesco, estos legisladores toman la ausencia de un hombre y la convierten en un fetiche administrativo. Yussara Canales e Itzul Barrera nos presentan la ley como un homenaje, pero hay algo profundamente perturbador en su lógica: creen que pueden sustituir la sangre con tinta.
Pero debemos detenernos y preguntar: ¿De qué tinta estamos hablando?
¿Es acaso aquella tinta de hierro, ferrogálica y eterna, con la que los hombres de honor firmaron el Acta de Independencia para forjar una nación? ¿O estamos simplemente ante un acto impúdico y amoral, escrito de nuevo en la bitácora de otra legislatura estatal que legisla para el olvido y la simulación?
La realidad, sin embargo, es tan fría como una lápida: Gobel era un proveedor.
Esa es la verdad que late debajo de las tablas del suelo del Congreso, como en El Corazón Delator, incomodando a quienes prefieren la retórica a la realidad. La familia de Gobel no vive de homenajes póstumos ni de la vanidad de Tonantzin Cárdenas o Miguel de la Rosa.
Habría que preguntarles, con la crudeza de una novela de misterio:
¿Puede una ley darle a los hijos de Gobel lo que un padre aporta a un hijo?
Si la respuesta es no, entonces lo que Leonardo Almaguer y Tonatiuh Bravo Padilla están construyendo no es justicia, es un mausoleo de papel. Es una estafa existencial. Pretenden que un reglamento llene el vacío de una silla vacía en la mesa del comedor.
Esta proliferación de leyes con nombres de víctimas es el síntoma de una sociedad que, como en la vieja mansión Usher, está embrujada por su propia incapacidad de sentir. A más leyes, menos vida; a más decretos, menos humanidad. Son los extinguidores perfectos: apagan la realidad vital de un padre para encender los reflectores de su propia carrera política. Es el clímax de esta farsa lúgubre. Casi se puede escuchar el susurro de un diputado, embriagado de su propia importancia, alzando la vista al techo para soltar la frase más deshumanizada de la jornada:
«Gobel, misión cumplida, ya puedes descansar en paz…»
Como si el alma necesitara de su permiso burocrático para partir.
Y finalmente, ante tal arrogancia, queda una duda suspendida en el aire viciado del recinto, una que el propio Poe formularía con una mueca de desdén intelectual:
¿Acaso Morena, la Coalición y la sagrada 4T creen realmente que con este espectáculo ganan la inmortalidad?
Al observarlos celebrar sobre la tragedia, uno no ve a estadistas forjando el destino de la patria. Parecen, más bien, infantes con nodriza; criaturas inmaduras amamantadas por la demagogia, jugando a gobernar en un mundo que les queda grande, convencidos de que su llanto caprichoso es el canto de la historia.
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