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La Intervención del Tablero. El Desplazamiento del Cacicazgo Tradicional en MORENA Jalisco

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Jorge Eduardo García Pulido

La política no admite vacíos y el reciente reacomodo en las estructuras federales y partidistas ha enviado una señal inequívoca sobre el futuro del poder en Jalisco. Lo que durante meses se manejó en los pasillos como la posible llegada de Ricardo Villanueva Lomelí a la Secretaría General de la SEP, ha decantado en un movimiento de mayor calado estratégico. Con su arribo a la Subsecretaría de Educación Superior y su simultánea consolidación como el operador con línea directa desde el centro del país, el panorama para el Dr. Carlos Lomelí y su grupo compacto ha sufrido una alteración sistémica que raya en el desplazamiento político.

El relevo de Leonel Cota no es un cambio de nombres meramente administrativo, sino la formalización de una intervención en la vida interna del partido en el estado, en pro de buscar la candidatura de Guadalajara. La entrada de Villanueva, cobijado por la experiencia operativa de Ricardo Monreal y la estructura de Merilyn Gómez Pozos, representa la irrupción de una fuerza técnica que choca frontalmente con la guardia territorial que el Dr. Carlos Lomelí y Erika Pérez pretendían consolidar desde el Comité Ejecutivo Estatal. Este movimiento parece diseñado para acotar el margen de maniobra de quienes se sentían dueños absolutos de la estructura guinda en la entidad.

En este escenario, resulta comprensible el sentimiento de agravio que permea en el círculo del Dr. Lomelí. Su trayectoria no es gratuita; desde 2011, cuando buscó el Senado por el PRD, ha sido un apostador constante de recursos. Es pertinente recordar que en 2012 formó parte de la amalgama que unió al PRD, MC y PT en apoyo a Enrique Alfaro, en una alianza donde incluso el PAN de Emilio González Márquez operó discretamente por encima de su propio candidato, Fernando Guzmán. Para el empresario, la política ha sido un terreno donde la inversión de capital se traduce en cuotas de poder, normalizando la generación de resultados a base de importantes inyecciones financieras.

Sin embargo, el análisis del fenómeno Lomelí quedaría incompleto sin observar la contradicción que define su figura. Existe un abismo entre el político que recurre a la imposición y el hombre que, desde sus días como estudiante, ha practicado una nobleza de otorgar casi desconocida. Al Doctor no le interesa la publicidad de su filantropía; su faceta caritativa se mantiene bajo un estricto velo de discreción. Lamentablemente, esta naturaleza noble ha sido eclipsada por una política de choque que se ha convertido en su principal detractor. Mientras su esencia es la de una persona genuinamente caritativa, sus asesores han proyectado una imagen de fuerza que genera resistencia en lugar de empatía.

La ironía es amarga: tras haber financiado el ascenso de otros grupos en el pasado, hoy es él quien observa cómo una nueva alianza forjada en la capital le arrebata el control del tablero. Si el Dr. Lomelí lograra transitar de esa peculiar manera de imponer hacia la transparencia de su propia nobleza, su perfil experimentaría un cambio radical. El éxito de su proyecto podría encontrar viabilidad no en el control del padrón, sino en la demolición de esa imagen de dureza que sus propios estrategas le han construido, permitiendo que, por primera vez, el hombre generoso sea quien guíe al político.


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