
Por: Jorge Eduardo García Pulido/Es director general de La verdad Jalisco.
La figura de Verónica Delgadillo se ha consolidado en redes sociales como un rostro fresco, cercano y estéticamente impecable. Su narrativa digital transmite empatía y energía positiva («la ciudad que te cuida»), logrando que la imagen de gobernar se perciba como un acto de acompañamiento emocional. Sin embargo, al iniciar 2026, la pantalla del celular no logra ocultar la tensión en las calles: la distancia entre el reel de Instagram y la realidad de la cuesta de enero en Guadalajara.
En el plano social, la desaprobación se siente en el bolsillo y en la banqueta. La crisis de la basura, lejos de resolverse tras el fin de la concesión con Caabsa, ha mostrado su peor cara tras las fiestas decembrinas. En muchas colonias, los desechos de la temporada se convirtieron en monumentos al desorden que ningún filtro puede suavizar. Aunque se adquirieron camiones y se anunciaron «escuadrones de limpieza», la memoria colectiva y la evidencia olfativa confirman un servicio que sigue siendo insuficiente e intermitente.
A esto se suma el golpe de realidad en las recaudadoras municipales. El incremento en el predial ha dejado de ser un debate legislativo para convertirse en un golpe a la economía familiar. Mientras los tapatíos hacen filas para pagar impuestos más altos, la narrativa oficial carece de pedagogía: no se explica cómo ese dinero regresará en servicios, solo se exige el pago. Para las economías vulnerables, este aumento sin retorno visible de calidad de vida se percibe como una carga injusta que erosiona la confianza.
En redes sociales, la historia es distinta. La presidenta aparece sonriente, inaugurando espacios o abrazando ciudadanos, con una estética que suaviza los conflictos. Allí, Guadalajara es una ciudad que fluye. Pero esa narrativa no alcanza a quien esquiva bolsas de basura en la banqueta o a quien recorta su presupuesto familiar para pagar el aumento catastral.
Como gobierno, la administración (tecnócratas al fin) apuesta a que la eficiencia comunicativa supla la eficiencia operativa. Pero gobernar no es solo gestionar la percepción, es garantizar certidumbre y dignidad. La estética suma, pero la calle juzga; y en este enero complicado, la calle está dictando una sentencia dura.
Al final, queda abierta una pregunta que trasciende a esta administración: ¿Los políticos hacen todo lo necesario para ganar, y una vez en el poder, quedan atrapados en la lógica de la adulación digital, como si esta fuera una forma de narcisismo político que sustituye la responsabilidad de resolver lo básico?
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