
Por Mariana Navarro
“Una comunidad no se define por sus reglas, sino por la forma en que las cumple.”
Hay una ilusión frecuente en la vida colectiva: creer que la convivencia depende de normas escritas. En realidad, depende de algo más frágil y más profundo: la coherencia.
Las comunidades humanas —desde las ciudades hasta los condominios— funcionan como sistemas de confianza. Esa confianza no se construye con autoridad ni con tecnología, sino con consistencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Cuando esa consistencia se rompe, la comunidad no estalla: se erosiona.
En el mundo contemporáneo, la comunicación digital se ha convertido en una extensión del espacio público. Un grupo de vecinos en una aplicación de mensajería puede parecer un detalle menor, pero cumple una función simbólica esencial: permite que la vida común exista como experiencia compartida.
La palabra que circula sostiene la comunidad.
EL ORDEN INVISIBLE
Jorge Luis Borges escribió que el universo se parece a una biblioteca infinita donde todo está conectado por un orden secreto. Las comunidades humanas también dependen de ese orden invisible: el acuerdo tácito de que las reglas se aplican de la misma manera para todos.
Cuando una norma se vuelve selectiva, deja de ser norma y se convierte en decisión personal. Y cuando la decisión personal sustituye al acuerdo colectivo, la convivencia pierde legitimidad.
No se trata de un problema administrativo.
Se trata de un problema ético.
La coherencia es el lenguaje silencioso de la justicia cotidiana.
LA RESPONSABILIDAD DE LO COMÚN
Hannah Arendt recordaba que la vida pública existe únicamente cuando las personas comparten un mundo común. Ese mundo no está hecho de paredes ni de reglamentos, sino de acciones que reconocen la presencia de los otros.
Excluir, seleccionar o limitar la comunicación comunitaria no es un acto técnico. Es un gesto simbólico que redefine la pertenencia.
Y toda redefinición de la pertenencia tiene consecuencias.
No siempre consecuencias legales inmediatas, sino algo más profundo: consecuencias morales y comunitarias. La confianza se reduce, la legitimidad se debilita y la convivencia se vuelve frágil.
Toda comunidad aprende, tarde o temprano, que las pequeñas decisiones también construyen historia.
CONCLUYENDO
La vida comunitaria no se sostiene en la vigilancia ni en la autoridad, sino en la confianza que nace de la coherencia. Las reglas pueden organizar la convivencia, pero sólo la justicia cotidiana la hace posible.
Toda comunidad enfrenta momentos en los que debe elegir entre la comodidad de la discrecionalidad y la responsabilidad de la coherencia. Esa elección, aunque parezca pequeña, define el tipo de comunidad que se construye.
Porque, al final, convivir no es compartir un espacio: es compartir un criterio de justicia.
La coherencia no es un detalle administrativo: es la base moral de toda comunidad.
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