
Por: Jorge Eduardo García Pulido
«Dicen que soy un bandido
porque defiendo mi raza,
no me duele lo perdido
sino lo que me amenaza.
Gringos no sean abusivos
con nuestra nación indiana
porque si siguen de vivos
la pagarán muy temprano.»
— Óscar Chávez, Corrido de Juan Nepomuceno Cortina
En la inmensa herida que es nuestra frontera norte, donde la historia oficial a menudo guarda un silencio cómplice, se alza la figura colosal de Juan Nepomuceno Cortina, el legendario «Cheno». Un hombre al que los libros de texto estadounidenses etiquetaron de «bandido» y al que el gobierno mexicano, en su momento, dio la espalda por conveniencia política. Pero la verdad es obstinada y la justicia histórica, aunque tardía, siempre encuentra a sus guardianes.
La vida de Cortina es un espejo de la tragedia mexicana en el siglo XIX. Tras la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, miles de mexicanos quedaron atrapados en un territorio que ya no les pertenecía, convertidos de la noche a la mañana en extranjeros en su propia tierra. La discriminación, el despojo y la violencia se volvieron cotidianos. En ese escenario de injusticia, Cortina emergió como un centinela de la dignidad. No fue un caudillo improvisado ni un aventurero, sino un hombre profundamente consciente de que la frontera era más que una línea en el mapa: era la cicatriz de una nación mutilada.
El episodio de Brownsville, aquel 13 de julio de 1859, marcó el inicio de su leyenda. Al defender a un peón mexicano de la brutalidad de un marshal texano, Cortina no cometió un crimen, sino que encendió la chispa de una resistencia que se prolongaría por décadas. Sus llamados a la justicia resonaron en los ranchos y pueblos, donde los mexicanos vivían bajo el yugo de un sistema que los trataba como ciudadanos de segunda. Lo que la prensa anglosajona llamó “Cortina Troubles” fue, en realidad, la primera gran rebelión contra el racismo institucionalizado en el sur de Texas.
Cortina no se limitó a defender a los suyos en la frontera. Su trayectoria lo llevó a combatir en distintos frentes, siempre con la convicción de que la soberanía era un deber irrenunciable. Se enfrentó a los confederados esclavistas, se unió a las filas liberales para expulsar a los franceses y, en cada batalla, reafirmó que su causa no era personal, sino nacional. Fue un general que defendió el territorio con fuego y sangre, y que pagó su lealtad con el exilio y el encierro, pues el propio gobierno mexicano prefirió sacrificarlo antes que incomodar al vecino del norte.
La historia oficial, moldeada por intereses políticos y diplomáticos, lo redujo a la caricatura de un “bandido”. Sin embargo, la memoria popular lo mantuvo vivo en corridos, relatos y tradiciones orales. Cortina fue, en esencia, un muro de contención ante el expansionismo, un hombre que se negó a aceptar la derrota cultural y territorial de su pueblo. Su figura, incómoda para los poderosos, se convirtió en símbolo de resistencia para los marginados.
Si hoy podemos limpiar el nombre de Cortina y llamarlo héroe, es gracias a la labor de hombres como el Dr. Silviano Hernández, quien desde la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco dedicó su pluma y su intelecto a rescatarlo de las sombras. Médico de profesión, pero historiador de vocación, Hernández entendió que la historia es también un acto de justicia. En sus estudios, señaló con rigor que el verdadero crimen no fue la rebelión de Cortina, sino el despojo sistemático de las tierras mexicanas. Bajo el amparo de una institución centenaria que desde el siglo XIX ha defendido la verdad científica y cultural de México, Hernández nos recordó que la historia no se escribe para halagar al poder, sino para honrar la dignidad de los pueblos.
La deuda con Cortina es doble: por un lado, reconocer al general que jamás se arrodilló ante el invasor; por otro, agradecer a quienes, como el Dr. Hernández, se han empeñado en devolverle su lugar en la memoria nacional. La defensa de la soberanía no termina en el campo de batalla, sino que se perpetúa en los libros, en las investigaciones y en la palabra escrita que se niega a olvidar.
Que retumbe el corrido y que quede escrita la verdad: Cortina defendió la tierra, y Don Silviano defendió su honor.
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