Close

Jalisco: El pacto que asoma

Screenshot


Por Amaury Sánchez G.

En política nadie se reúne por cortesía.

Se reúnen por necesidad.

Y cuando en el mismo salón coinciden magistrados, líderes sindicales, empresarios, legisladores federales y el discurso del “Segundo Piso de la Transformación”, no estamos frente a un desayuno protocolario. Estamos frente a un movimiento de piezas.

La Convención Jalisciense convocada por la CTM de Juan Huerta, acompañada por Alfonso Ramírez Cuéllar y arropada por sectores empresariales, no es un acto social. Es un mensaje.

Y los mensajes en política no se redactan: se construyen.

Jalisco ha sido, históricamente, tierra de carácter propio. Empresarial, celosa de su autonomía, reacia a alinearse sin condiciones al centro. No es territorio dócil. Es plaza estratégica.

Por eso llama la atención —y mucho— que el sindicalismo tradicional, el morenismo federal y el empresariado jalisciense compartan mesa bajo una narrativa común: diálogo, prosperidad compartida, gobernabilidad y combate a la corrupción.

En política los encuentros importan más que los discursos.

Juan Huerta no es improvisado. La CTM aprendió hace décadas que sobrevivir exige adaptarse. El viejo sindicalismo corporativo ya no alcanza; ahora se necesita interlocución moderna, capacidad de negociación transversal y presencia en el diseño de políticas públicas. Huerta entiende que quedarse anclado en la nostalgia es desaparecer.

Al convocar esta Convención, el dirigente sindical hace algo más que organizar un foro: reposiciona al sindicalismo como actor del desarrollo, no como apéndice del poder.

Eso es inteligencia política.

Alfonso Ramírez Cuéllar, por su parte, no aparece por casualidad. Morena sabe que Jalisco no es una plaza sencilla. Construir hegemonía no se logra con consignas; se logra con acuerdos.

Ramírez Cuéllar representa la vertiente técnica del proyecto transformador. No grita, articula. No confronta, negocia. Su presencia sugiere que el “Segundo Piso” no busca solo consolidar reformas desde el centro, sino tejer alianzas regionales.

Y ahí está la clave: tejer.

Porque gobernar un país diverso implica coser intereses distintos sin romper la tela.

Quizá el dato más revelador sea la participación empresarial. Durante años, una parte del empresariado jalisciense miró con desconfianza a la Cuarta Transformación. Hoy se sienta a dialogar bajo su narrativa.

¿Conversión ideológica? No.

Realismo político.

Los empresarios no apuestan a la retórica, apuestan a la certidumbre. Si el proyecto federal tiene continuidad, lo racional es incidir en él. Influir desde dentro siempre ha sido más eficaz que resistir desde la orilla.

Cuando el capital dialoga con el sindicalismo y el poder legislativo bajo un mismo techo, lo que se intenta es algo mayor: un nuevo equilibrio.

El escenario elegido —el Museo Cabañas— tampoco es inocente. La política entiende de símbolos. El patrimonio histórico sirve para revestir de legitimidad lo que en el fondo es una negociación contemporánea.

Se hablará de desarrollo económico, infraestructura, educación, vivienda, gobernabilidad y combate a la corrupción. La agenda es correcta. Ambiciosa. Integral.

La pregunta no es qué se dirá.

La pregunta es qué se hará después.

Porque México está lleno de foros que terminan en carpetas olvidadas.

Si el decálogo que surja se convierte en iniciativas legislativas, presupuesto etiquetado y mecanismos de seguimiento, estaremos ante un punto de inflexión. Si no, será un episodio más en el calendario político.

Lo verdaderamente interesante es lo que se mueve detrás del telón.

Esta Convención puede significar tres cosas:

Un ensayo de reconciliación entre sectores históricamente distantes.

Un movimiento estratégico para fortalecer la presencia de Morena en Jalisco sin confrontación abierta.

Un intento serio de construir gobernabilidad cooperativa en tiempos de polarización.

Las tres hipótesis no se excluyen. Pueden coexistir.

La política madura no siempre necesita estridencia; a veces avanza en silencio, mediante acuerdos discretos.

¿Quién gana?

Si el diálogo se traduce en empleo, infraestructura y cohesión social, gana Jalisco.

Si se convierte en plataforma de posicionamiento sin resultados tangibles, gana la coyuntura y pierde la ciudadanía.

La diferencia radica en la ejecución.

Porque el discurso de prosperidad compartida es seductor. Pero la prosperidad no se decreta; se construye con reglas claras, inversión productiva y voluntad sostenida.

Hay quienes verán en esta Convención una operación política. No se equivocan. Todo acto público con actores de poder lo es.

Pero también puede ser algo más: el reconocimiento de que la confrontación permanente desgasta y que los proyectos duraderos requieren pactos amplios.

México vive una etapa de consolidación. Ya no basta con transformar; hay que administrar la transformación. Y administrar exige diálogo.

Jalisco puede convertirse en laboratorio de un nuevo entendimiento entre trabajo, capital y Estado.

O puede quedar en el archivo de los buenos propósitos.

La historia no la escribirán los discursos del 7 de marzo, sino las decisiones del 8 en adelante.

En política, los anuncios abren puertas.

Los resultados las mantienen abiertas.

Y eso, en el fondo, es lo que hoy está en juego.


Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que La Verdad Jalisco no se hace responsable de los mismos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

0 Comments
scroll to top