
Por Jorge Eduardo García Pulido
Existen figuras en el periodismo que logran trascender la nota diaria para convertirse en referentes de integridad. Gloria Reza es, sin duda, una de ellas. Su trayectoria profesional no solo se mide por las investigaciones publicadas en medios de relevancia nacional o por la agudeza de su pluma en el análisis político de nuestro estado; se mide, sobre todo, por la coherencia entre su vida pública y su inmensa calidad humana.
Como líder de opinión, Gloria ha demostrado que la ética no es un accesorio del oficio, sino su cimiento más sólido. En un entorno donde la verdad suele ser incómoda, ella ha mantenido una postura firme, valiente y profesional. Sin embargo, para entender la profundidad de su impacto social, es necesario mirar hacia el motor que impulsa cada una de sus acciones: el amor a su hija y su capacidad para transformar la adversidad en un camino de éxito.
Tras enfrentar los retos de un divorcio, Gloria ha sabido llevar a su hija por buen puerto, demostrando una inteligencia emocional admirable. Esta faceta de madre dedicada no es ajena a su labor como reportera; al contrario, es lo que le permite observar la realidad con una sensibilidad distinta. Es la prueba viviente de que una mujer que ama la vida y se entrega con pasión a la formación de su hija es capaz de transformar el mundo que le rodea.
En el marco de este 8 de marzo, reconocer a mujeres con esta entereza es fundamental. Su ejemplo nos recuerda que el profesionalismo más riguroso no está peleado con la ternura ni con la calidez de una gran amiga. Ella representa esa fuerza femenina que, desde la trinchera de la información y el hogar, construye una sociedad más justa. Gloria es una profesional impecable, pero antes que eso, es un gran ser humano que ha hecho del amor a su hija y la inteligencia sus mejores herramientas de cambio.
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