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Estados Unidos en abstinencia: cuando el imperio se quedó sin su droga

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Por Amaury Sánchez G.

Durante décadas, Washington repitió la misma cantaleta con voz de sheriff: la guerra contra las drogas se está ganando, yun buen día —supongamos— la ganó, no hubo cocaína, no hubo fentanilo, no hubo metanfetamina, nada, cero, el sueño húmedo de la DEA hecho realidad.

¿Resultado?

Un país temblando como alcohólico en lunes por la mañana.

Porque lo primero que hay que decir, aunque incomode a los puritanos de ocasión es que Estados Unidos no solo consume drogas: funciona con ellas, le ayudan a trabajar más horas, a dormir menos culpas, a soportar guerras ajenas, deudas propias y una desigualdad que se vende como oportunidad.

Cuando la droga desapareció, no llegó la paz social, llegó la sala de urgencias, Hospitales llenos de cuerpos en retirada química, de mentes descompuestas y de emociones sin anestesia, millones descubrieron que no eran viciosos recreativos, sino dependientes funcionales del sistema.

El Estado, siempre tan rápido para moralizar y tan lento para entender, reaccionó como sabe: recetando, donde antes había dealer, ahora hay farmacia, donde antes había bolsa, ahora hay blister. Metadona, buprenorfina, ansiolíticos, antidepresivos. La droga ilegal fue sustituida por la legal, con factura, con seguro médico y con utilidades trimestrales.

Las farmacéuticas, esas heroínas silenciosas del capitalismo moderno, tomaron el control del mercado que los cárteles dejaron libre, Wall Street respiró tranquilo: la adicción no se eliminó, se volvió rentable y respetable.

Eso sí, el crimen organizado no se fue a llorar a un rincón. Como cualquier corporación eficiente, diversificó. Menos polvo, más extorsión. Menos pastillas, más tráfico humano, menos narco, más negocio integral, porque el problema nunca fue la droga, sino el dinero y el control.

Dentro de Estados Unidos, la violencia no desapareció, se recicló, robos, mercados negros de medicamentos, alcohol como sustituto tosco y brutal, la abstinencia no volvió virtuosa a la sociedad; la volvió irritable, desesperada y armada.

Y al sur de la frontera, el efecto fue inmediato, México y Centroamérica recibieron el rebote de una decisión que nunca tomaron, Estados débiles enfrentando criminales fortalecidos, ahora sin producto estrella pero con el mismo apetito de poder. Washington, sorprendido, pidió cooperación internacional… después de décadas de exportar el problema.

La historia, claro, ya había dado esta clase, se llamó Ley Seca, Se prometió moral, llegó Al Capone, Se prohibió el alcohol y se organizó el crimen, hoy se repite el experimento, solo que con bata blanca y lenguaje terapéutico.

El verdadero fracaso no está en que Estados Unidos se quedara sin drogas, sino en lo que eso reveló: una sociedad incapaz de sostenerse emocionalmente sin muletas químicas, un país que predica disciplina mientras depende de estimulantes; que vende libertad mientras receta calmantes; que presume fortaleza mientras teme enfrentar su propio vacío.

Al final, las drogas no eran el enemigo, eran el lubricante de un sistema que exprime, descarta y luego ofrece anestesia para no sentirlo.

Estados Unidos no perdió la guerra contra las drogas.

Perdió algo peor: la capacidad de mirarse sin ellas.

Y eso, en economía y en política, siempre sale carísimo.


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