
Por Jorge Eduardo García Pulido
Lo que Nemesio se llevó no fue solo un puño de tierra. Con su partida, se extingue un dominio que parecía inamovible sobre la faz del mundo y se fractura la estructura que durante años se mantuvo bajo una cohesión inquebrantable. Lo que él consolidó como una célula única, operando con la precisión de un sistema cerrado, se encuentra hoy en una etapa de partición irreversible. Esta división interna no es un evento estático, sino una reacción en cadena que, al romper la unidad del mando, libera tensiones acumuladas que están a punto de estallar en la búsqueda de nuevos liderazgos.
La resolución de este destino en suelo mexicano, en lugar de su entrega al sistema judicial de los Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump, proyecta una visión geopolítica de determinación ante la comunidad internacional. Al optar por una salida que culminó bajo jurisdicción propia, México y la presidenta ganaron congruencia. Esta decisión es una postura de Estado que prioriza el control de los procesos internos sobre las presiones externas, enviando un mensaje de autosuficiencia en la gestión de su seguridad nacional.
Desde una perspectiva jurídica, el Estado mexicano actuó bajo el principio de territorialidad y soberanía. La extinción de la acción penal mediante el abatimiento en el terreno es un recurso legal definitivo que cierra el proceso en casa, evitando que el liderazgo de una organización de tal magnitud se convirtiera en una pieza de negociación política en Washington. Con ello, se impidió que intereses electorales extranjeros dictaran el ritmo de la justicia mexicana, manteniendo la integridad de las instituciones frente a posibles filtraciones controladas desde el exterior.
Sin embargo, esta postura ha generado reacciones inmediatas en la política interna. La derecha conservadora ha manifestado su molestia, señalando que el desenlace carece de la profundidad necesaria para desarticular las redes financieras del grupo. En este sentido, Ricardo Anaya ha declarado que la muerte de Nemesio no es suficiente, argumentando que la desaparición de la cabeza no garantiza el desmantelamiento de la estructura ni el acceso a la información que una extradición habría proporcionado.
Lo que el mundo observa es un México que asume el costo de su propia estrategia. La partición del átomo, esa fragmentación de la unidad en múltiples facciones, genera una inestabilidad que se manifestará en pugnas internas por el liderazgo. Esta lucha por el control de los remanentes se presenta como una consecuencia directa de la atomización, donde cada esquirla del mando original intentará imponer su propia hegemonía en un territorio ahora en disputa.
Este fenómeno de ruptura y origen evoca un misticismo antiguo. Tal como en los relatos sobre la naturaleza de Lilith, aquella figura original y hermafrodita que al dividirse dio paso a la dualidad de Adán y Eva, de la figura de Nemesio se desprenderán ahora las células que buscarán el control absoluto de las plazas. La partición de lo que alguna vez fue uno solo marca el nacimiento de fuerzas distintas que se enfrentarán entre sí por la primogenitura del poder. Al tiempo.
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