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El Tío Leobas y la «Maroma» Oxidada

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Por: Jorge Eduardo García

Dice el refrán que chango viejo no aprende maroma nueva y en el caso de Leobardo Alcalá Padilla la sentencia es casi un diagnóstico clínico de una patología política crónica. Quien fuera el rostro del flácido músculo universitario en aquella estrepitosa aventura por la alcaldía de Guadalajara en 2006 hoy parece estar recetando la misma pócima caduca pero con un frasco de color distinto. Resulta enternecedor ver cómo la nostalgia por el PRI y el control sindical de la Universidad de Guadalajara se niegan a morir en su psique. Aquella idea platónica de convertir al sindicato en una organización adherente que terminó siendo más etérea que una nube de incienso hoy muta en un Somos que nace con el acta de defunción firmada por la simulación.

Lo inaudito y verdaderamente digno de un guion de humor negro es el pánico escénico que hoy paraliza al médico. El temor de Alcalá a ser exhibido ante figuras como Emilio Álvarez Icaza —un personaje que, por cierto, se dedica a comprar estructuras de esas que se cuentan solo entre la lengua y el oído— lo ha llevado a cerrar cualquier asomo de pluralidad. Leobas tiene pavor de que se le descubra como el charlatán que simplemente acarrea estudiantes universitarios para mostrar un poder efímero de asamblea. Es el miedo a que la luz del escrutinio desnude que su supuesta fuerza es solo el usufructo momentáneo de jóvenes que ni saben por qué están sentados ahí.

Mientras en Puerto Vallarta intenta vender el espejismo de un poderío absoluto, la realidad lo alcanza en el primer semáforo. Cree que engaña a alguien con su pose de estratega cuando en realidad los jóvenes universitarios solo ven en él al Tío Leobas, una figura que busca empatía pero que solo proyecta el cansancio de un modelo agotado. Al final, el diagnóstico es simple: Leobas no hará nada porque nunca lo ha hecho. Su especialidad ha sido siempre la de habitar en el presupuesto bajo la sombra de otros, y este triste final para Somos en Jalisco no es más que la confirmación de que las estructuras de aire se desvanecen al primer soplido de realidad. Qué lástima que en la política no existan vitaminas para revivir una relevancia que se esfumó hace dos décadas entre pasillos universitarios y promesas de cartón.


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