
Por Amaury Sánchez
En política internacional no existen los gestos inocentes. Y cuando dos países anuncian que quieren integrarse más —justo cuando el vecino más poderoso redefine su visión del mundo— no estamos ante un trámite diplomático: estamos ante un movimiento estratégico.
La presidenta Claudia Sheinbaum y el primer ministro Mark Carney han decidido dar un paso que, sin romper el equilibrio norteamericano, sí lo recalibra: profundizar la integración económica México–Canadá frente a la nueva geopolítica estadounidense.
El anuncio, operado por el secretario de Economía Marcelo Ebrard y su contraparte canadiense Dominic LeBlanc, no fue una declaración simbólica. Más de 240 organizaciones, 370 líderes empresariales y mil reuniones de negocios no son foto protocolaria: son arquitectura económica en movimiento.
La pregunta no es si se pueden llevar mejor. La pregunta es: ¿qué significa esto para Estados Unidos? Y, sobre todo, ¿cómo reaccionaría un eventual regreso de Donald Trump?
Diversificar sin romper
El acuerdo no sustituye al Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. Lo densifica.
México necesita minerales críticos, tecnología avanzada y capital de riesgo. Canadá necesita manufactura competitiva, integración logística y acceso industrial. Ambos necesitan reducir vulnerabilidades ante la incertidumbre política estadounidense.
No es rebeldía; es prudencia.
En economía internacional, depender en exceso de un solo mercado es riesgo sistémico. México lo sabe. Canadá también. Y si Washington cambia reglas cada cuatro años, la diversificación deja de ser ideología para convertirse en seguro estratégico.
El subeje que incomoda
¿Es un bloque dentro del bloque? Formalmente no. Funcionalmente, podría serlo.
Si México y Canadá coordinan posiciones antes de la revisión del T-MEC, aumentan su poder negociador. Si armonizan estándares regulatorios y cooperación en minerales críticos, crean una plataforma común. Si consolidan cadenas de valor bilaterales, reducen vulnerabilidad ante presiones arancelarias.
Eso no es confrontación. Es cálculo.
Pero en Washington —sobre todo en un ambiente electoral polarizado— todo cálculo ajeno puede leerse como desafío.
El factor Trump
Si Estados Unidos mantiene una administración cooperativa, la integración México–Canadá fortalecerá la competitividad regional frente a China. Punto.
Pero bajo un liderazgo con inclinación proteccionista, el tablero cambia.
Trump privilegia la negociación bilateral y el uso del comercio como herramienta política. Podría interpretar esta coordinación como una señal de autonomía excesiva. La reacción no sería inmediata ruptura —porque el comercio norteamericano es demasiado interdependiente— pero sí presión: revisión agresiva de reglas de origen, amenazas arancelarias selectivas, endurecimiento retórico.
Sin embargo, también hay pragmatismo. Si la integración México–Canadá fortalece empleos manufactureros en Estados Unidos, el incentivo para dinamitarla disminuye.
En geopolítica, los discursos incendian; los intereses contienen.
Sectores donde se juega el futuro
La clave no está en la diplomacia, sino en los sectores estratégicos:
Minerales críticos.
Inteligencia artificial aplicada a logística.
Aeronáutica.
Farmacéutica y vacunas.
Infraestructura portuaria.
Aquí se define quién controla las cadenas de valor del siglo XXI.
Si México aporta manufactura y Canadá insumos estratégicos, América del Norte reduce dependencia asiática. Eso fortalece la región completa.
Y paradójicamente, podría beneficiar más a Estados Unidos que cualquier arancel.
Riesgo: medio. Oportunidad: alta.
El riesgo diplomático existe. No por la estrategia en sí, sino por la volatilidad política estadounidense.
Pero el riesgo de no hacer nada sería mayor.
Quedarse en la “zona de confort” —como dijo Ebrard— implicaría esperar a que Washington decida el destino regional. Y en un mundo donde la política industrial regresa y la competencia tecnológica se acelera, la pasividad es decadencia.
El cálculo correcto
La jugada México–Canadá no es un desafío frontal. Es un movimiento de equilibrio.
Fortalece resiliencia.
Incrementa poder negociador.
Reduce dependencia relativa.
Mantiene el marco trilateral.
No rompe el bloque; lo hace menos frágil.
La verdadera pregunta no es si esta alianza es buena para México y Canadá. Lo es.
La pregunta es si Washington sabrá leerla como fortalecimiento regional o como señal de emancipación.
En política internacional, la diferencia entre cooperación y conflicto no la marcan los acuerdos, sino las percepciones.
Por ahora, México y Canadá afinan su partitura.
Estados Unidos decidirá si quiere dirigir la orquesta… o escuchar desde fuera.
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