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El Negocio del Fanatismo, Cuando el Sufrimiento se Disfraza de Devoción

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Por Jorge Eduardo García Pulido

A cien años de la Cristiada, México sigue atrapado en una retórica de bandos que impide ver la realidad cruda: el fanatismo es la herramienta más eficaz de las élites para movilizar masas.

El 1 de enero de 1927 no solo inició una guerra civil; se formalizó un escenario donde el sufrimiento humano fue romantizado para ocultar una lucha feroz por el control económico y político. Cuando normalizamos el fanatismo, cometemos el error de confundir la devoción con la ceguera, permitiendo que la violencia se justifique bajo el manto de lo sagrado o lo institucional.

La Iglesia no fue una espectadora herida. Fue un actor político que, al verse amenazado por la Ley Calles el 2 de julio de 1926, decidió presionar al Estado de la forma más violenta para el tejido social: cerrando los templos el 31 de julio. Esta medida no fue un acto de piedad, sino una táctica de presión que utilizó la fe de la población como un arma de negociación. Al dejar a la gente sin sus ritos, la institución orquestó una crisis que convirtió a los ciudadanos en perseguidos, empujándolos a una guerra que servía para defender sus prerrogativas y propiedades.

En este contexto, la figura de José Sánchez del Río adquiere su dimensión más trágica. El sacrificio de un menor de edad, sometido a una crueldad inhumana, suele presentarse como el culmen de la devoción, cuando en realidad es el testimonio del fracaso de una sociedad que permitió que el fanatismo devorara a sus niños.

Al ensalzar el dolor de un menor en lugar de cuestionar a las instituciones que lo llevaron a ese punto, estamos normalizando una patología social donde el sufrimiento se vuelve un mérito político. Ni el Estado de Calles tuvo piedad, ni la Iglesia detuvo la maquinaria que enviaba a jóvenes a la muerte por una causa que, en los altos mandos del General Gorostieta o los intereses de los Dragones de Corcuera, se trataba de tierras y capital.

Hoy, ese mismo fanatismo sobrevive bajo nuevas etiquetas. La división entre «fifís», «chairos» o «progres» es la prolongación de esa incapacidad de convivencia pacífica entre liberales y conservadores. Los discursos actuales que atacan al «neoliberalismo» o defienden privilegios patrimoniales utilizan la misma carga emocional de hace un siglo: se busca que el ciudadano no piense, sino que sienta y odie. La economía y el poder absoluto siguen en disputa, y mientras sigamos confundiendo el fanatismo con la convicción, seguiremos siendo una sociedad que prefiere el conflicto antes que la comprensión.

La lección de la Cristiada en su centenario es que el fanatismo solo beneficia a quienes están en la cima de la pirámide del poder. Debemos entender que la formación, la devoción y la fe en Dios están muy por encima de las instituciones humanas, ya sean políticas o eclesiásticas, que a menudo manipulan lo sagrado para fines terrenales.

Al final, toda esta lucha encarnizada por el poder, la tierra y la razón institucional se reduce a lo que dicta el libro de Eclesiastés: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad». El hombre se pierde en la soberbia de querer controlar el destino de otros, olvidando que las instituciones pasan y se corrompen, pero la relación personal con lo divino no necesita de guerras, ni de expropiaciones, ni de mártires fabricados por la negligencia de los poderosos.


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