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“El guardián del rancho ajeno”

Por Amaury Sánchez

En el Congreso del Estado de Jalisco hay un personaje que se pasea con el pecho inflado como gallo en azotea y mirada de quien cree que gobierna hasta los elevadores: Eduardo Fabián Martínez Lomelí, secretario general del Congreso. Dicen —y en esos pasillos se dice de todo menos la verdad oficial— que fue una de las piezas que Enrique Alfaro dejó como candado, o como perro de rancho, para cuidar que nadie entre sin permiso a la finca política que dejó tras su sexenio.

El asunto es que el tal Martínez Lomelí no solo cuida, sino que parece vivir bajo la consigna de “ni riego, ni dejo regar”. Según cuentan los legisladores, los asesores, los ujieres y hasta los señores del café del sótano, el doctorcito (porque le dicen “doctor” aunque pocos recuerdan de qué) no asiste ni al veinte por ciento de los plenos, pero cobra como si se desvelara redactando leyes. Y cuando aparece, lo hace con el aire de quien va a bendecir la sesión, no a trabajarla.

Lo más curioso del caso es que algunos juran que Alfaro lo dejó de encargado para “espantar” a los nuevos, cual espantapájaros de lujo, mientras otros sostienen que lo puso ahí de premio de consolación por no haberlo hecho candidato a Guadalajara. Ya ve usted cómo son esas cosas: cuando no te dan la alcaldía, te consuelan con una oficina climatizada, chofer, y café de cápsula importada.

Ahora, en el nuevo gobierno, el doctor Martínez Lomelí parece un fantasma del alfarismo que se resiste a desaparecer. Anda flotando entre los pasillos del Congreso con un aura de “yo soy el verdadero poder detrás del curul”. Pero la realidad —cruda y sin filtro— es que el actual gobernador ni lo pela. En Casa Jalisco lo ubican más como un eco incómodo que como una figura útil. Es el clásico caso del político que se quedó con el manual de instrucciones del poder, pero al que ya le cambiaron el modelo de gobierno.

Dicen los enterados que su principal talento es la prepotencia, disciplina en la que ha alcanzado niveles olímpicos. No falta quien asegure que, de tanto creerse más que los diputados, ya se siente un virrey parlamentario. Pero los tiempos cambian, y el nuevo gobierno parece no estar dispuesto a mantener a los fantasmas cobrando sin exorcismo.

La pregunta que muchos se hacen —y que flota entre los murmullos del Palacio Legislativo— es:
¿Para qué lo dejó Alfaro ahí? ¿Para cuidar el rancho o para que nadie más siembre nada nuevo? Porque si de cuidar se trata, lo único que ha logrado es cuidarse él mismo del trabajo.

Eso sí, su lealtad al exgobernador es digna de estudio: más firme que los cimientos del puente atirantado. Quizá porque sabe que cuando el poder cambia de dueño, los guardianes del viejo rancho pasan de ser centinelas a ser muebles incómodos.

Y en política, como en las casas antiguas, los muebles incómodos terminan o en la bodega o en el remate.

Moraleja:
Cada sexenio deja sus fantasmas, pero pocos tan persistentes como los que cobran quincena.


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