
Por Amaury Sánchez G.
Hubo un tiempo cuando los teléfonos tenían cable, la leche sabía a leche y las señoras del Bajío rezaban el rosario como si fuera deporte extremo en que el fantasma del comunismo sí espantaba. Uno le decía “Marx” a la tía católica y se santiguaba tan rápido que parecía abanico eléctrico. Pero los tiempos cambian: hoy los sustos vienen en forma de recibo de luz, declaración anual y cadena de WhatsApp donde la foto está tan borrosa que da más miedo el pixel que el mensaje.
Y es que, para desgracia de la ultraderecha nacional y del ala más histérica del conservadurismo tapatío, el fantasma que intentaron soltar en la campaña de 2024 ya no asusta ni a un perro callejero. Es como esos tíos que cada Navidad cuentan el mismo chiste de 1978: ya solo provocan ternura… y tantita pena ajena.
Cuando Marx escribió un libro que nadie leyó, ni sus enemigos
Todo empezó en 1848, cuando Marx y Engels publicaron el famoso Manifiesto Comunista, ese librillo del que todo mundo habla pero nadie abre porque, seamos sinceros, tiene menos lectoría que el manual de la licuadora. Ahí se proponían cosas tremendas: abolir la propiedad privada, eliminar las clases sociales y que el Estado lo controlara todo, desde los ferrocarriles hasta si dejábamos que se emocionara las recetas de la abuelita.
Pero ese mundo es tan ajeno a México como las alfombras limpias del Congreso. En pleno 2024, mientras la derecha veía soviets debajo de cada piedra, la 4T se la pasaba firmando tratados con Estados Unidos, abrazando a BlackRock y convirtiéndose en el cliente favorito del Banco de México. Por donde se vea, nuestros comunistas resultaron bastante capitalistas… o al menos muy formales para pagar.
WhatsApp, ese oráculo de la posverdad cristiana
La campaña del miedo alcanzó niveles de tragicomedia. En Jalisco, donde el conservadurismo tiene raíces más profundas que los pozos de petróleo que ya no encontramos, corrían rumores tan estrafalarios que ni Chespirito los hubiera aprobado. Que te iban a quitar la casa. Que te iban a cerrar la iglesia. Que te iban a hacer comer soya cubana.
Era un festival de exageraciones digno de que el Vaticano enviara un exorcista… pero del sentido común.
Lo más interesante es que el mensaje no venía de libros, académicos o debates. No. Venía de cadenas de WhatsApp escritas con ortografía que claramente sufrió daños estructurales durante la distribución. Era como si el fantasma de Marx hubiera reencarnado, no en un revolucionario, sino en una tía alarmista cuyo pasatiempo es mandar audios de cinco minutos con música de suspenso de fondo.
La realidad, ese enemigo de la ficción alarmista
Pero con la misma velocidad con la que se reenvía un meme, las cosas se cayeron. ¿Por qué?
Primero, porque la gente tiene algo poderoso: un bolsillo. Y después de seis años de supuestos comunistas gobernando, nadie perdió su casa, su negocio, ni su Playstation. Algunos, en cambio, ganaron becas, pensiones y un salario mínimo que finalmente dejó de ser un número decorativo.
Segundo, porque si cada elección anuncias la llegada del Apocalipsis y el Apocalipsis nunca llega, pues acabas como el pastorcito mentiroso… pero sin la gracia literaria.
Tercero, porque la campaña del miedo fue tan exagerada que parecía escrita por un comité especializado en culebrones. Falta que en 2030 digan que la continuidad de la 4T traerá langostas, lluvia de fuego y que la Virgen de Zapopan se irá a vivir a Dinamarca.
Una utopía más mexicana que soviética
Mientras la derecha desenterraba la hoz y el martillo para espantar al electorado, Claudia Sheinbaum ofrecía algo tan poco soviético que podría estar anunciado en la televisión abierta: bienestar, estabilidad y presupuesto directo al pueblo. Nada de gulags. Nada de Comités Centrales. Nada de prohibir el reggaetón (aunque muchos lo agradeceríamos).
Era, sencillamente, una socialdemocracia con sabor a guayaba y acento chilango.
Y la gente lo entendió.
El fantasma se cansa y se jubila
Al final, el fantasma del comunismo terminó derrotado, pero no por la OTAN, ni por Occidente, ni por los mercados. No. Fue derrotado por algo mucho más mexicano: la realidad cotidiana. Esa donde la gente chequea el saldo de su tarjeta del Bienestar, paga la renta, compra tortillas y comprueba que nadie, absolutamente nadie, ha venido a expropiarle su refrigerador.
Mientras la ultraderecha sigue tratando de asustar con un espectro cada vez más flaco, desgastado y olvidado, el país sigue votando por lo que sí ve, sí siente y sí le impacta: la vida diaria.
Moraleja, con dedicatoria para las tías del WhatsApp
Si realmente queremos saber qué decía Marx, no hay que preguntarle a un meme, ni a un influencer conservador con bigote de villano silencioso. Hay que leer el libro. O al menos hojearlo mientras el agua hierve. Está gratis en internet y no muerde.
Y si de miedo se trata, mejor dejemos de lado los fantasmas cansados y enfoquémonos en lo que sí da terror: los políticos que creen que pueden reemplazar la realidad con un mensaje de WhatsApp.
Porque esos sí existen.
Y no se cansan nunca.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que La Verdad Jalisco no se hace responsable de los mismos.




