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El espejismo del mercado; Cuando el capital se sirve a sí mismo y olvida a la humanidad

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Por: Jorge Eduardo García Pulido

La Verdad Jalisco

El reciente episodio de volatilidad financiera que sacudió al mundo ha dejado una lección que no podemos ignorar: el modelo económico defendido por los sectores más conservadores ha dejado de ser un proyecto para la humanidad para convertirse en una simple estrategia de supervivencia para sus propios capitales. Lo que muchos interpretaron como un colapso general fue, en realidad, un episodio de estrés de liquidez donde las élites rompieron sus propias coberturas para salvar sus privilegios. Este sistema demuestra que, para quienes concentran el poder, la prioridad ya no es preservar el valor real de las cosas, sino disponer de efectivo inmediato para cubrir sus apuestas arriesgadas y deudas contraídas con dinero ajeno.

El análisis del equipo de asesores del PT revela que esta «descoordinación» del mercado no es un accidente, sino una señal de que el dinero ha dejado de garantizar el acceso a la realidad física. Mientras el sistema financiero sigue operando con una apariencia de normalidad, el acceso a los recursos estratégicos depende ahora de decisiones políticas y permisos estatales, lo que rompe la relación directa entre el dinero y la disponibilidad material.

Esta bifurcación evidencia una hipertrofia financiera donde la riqueza se concentra en manos de unos cuantos que han creado una masa de capital desconectada de la economía real y de las necesidades del pueblo.

Para México, este escenario representa un desafío directo a nuestra soberanía. El informe señala que las potencias que hoy atraviesan crisis de deuda interna tienden a ver en las naciones periféricas un botín para sanear sus propias cuentas.

Al no tener una propuesta de crecimiento compartido, los modelos conservadores externos intentan imponer condiciones restrictivas a nuestro país, tratando a México no como un socio, sino como un colateral que debe absorber parte del impacto de su desorden financiero. Esta presión se traduce en intentos por controlar nuestros recursos naturales y nuestra capacidad productiva para alimentar un sistema de consumo extranjero que ya no se sostiene por sí solo.

Al final, esta crisis nos enseña una verdad profunda que debe servirnos de catarsis: no podemos seguir confiando nuestro destino a un sistema que valora más un número en una pantalla que el bienestar de una familia. La economía, al igual que la arquitectura, debe estar diseñada para la felicidad y no para el acaparamiento.

Entender que este modelo está agotado nos libera de la angustia de sus caídas; nos permite dejar de ser rehenes de sus deudas para empezar a construir un orden donde lo material, lo humano y lo real vuelvan a estar por encima de la especulación. La verdadera riqueza no es la que se guarda para uno mismo en tiempos de crisis, sino la que construye una base sólida para que todos podamos vivir con dignidad y sin miedo al mañana.


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