
Por Jorge Eduardo García Pulido
El 22 de febrero de 2026 quedará marcado en la memoria colectiva de Guadalajara. El operativo que culminó con la captura del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación desató una ola de violencia que transformó, en cuestión de horas, las calles tapatías en una zona de combate. Sin embargo, más allá del saldo material y de seguridad, el impacto más profundo y silencioso es el estrés postraumático que hoy permea en la ciudadanía.
La incertidumbre de no saber si se lograría regresar a casa a salvo se apoderó de quienes transitaban por la metrópoli. Los automovilistas, convertidos de pronto en testigos y víctimas de bloqueos y agresiones directas, experimentaron una vulnerabilidad absoluta frente a un escenario hostil. A este clima de terror se sumó la escasez repentina de alimentos y suministros en diversos sectores, un efecto colateral del cierre incitado por el pánico, el aislamiento y la parálisis de las vías de comunicación.
Lo sucedido evidencia una fractura en la preparación de nuestra urbe y expone la deuda pendiente frente a los compromisos globales de desarrollo. El Objetivo 11 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 subraya la urgencia de lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles. En la misma línea, la Nueva Agenda Urbana exige entornos metropolitanos con la capacidad de resistir, adaptarse y recuperarse rápidamente de los impactos agudos. Guadalajara, por el contrario, demostró no contar con esquemas de prevención ni de respuesta ciudadana ante contingencias de esta magnitud, dejando a los individuos a la deriva.
Para alcanzar una verdadera resiliencia metropolitana, es imperativo replantear nuestros instrumentos de planeación. Los atlas de riesgo deben evolucionar para dejar de ser mapas exclusivos de fenómenos naturales y convertirse en guías vitales para el consumo y el abastecimiento en tiempos de crisis. Identificar rutas críticas, establecer reservas estratégicas y garantizar la cadena de suministro alimentario en zonas paralizadas por la violencia son pasos indispensables. Solo mediante esta planificación el individuo tendrá opciones reales para subsistir y tomar decisiones acertadas, evitando que el desabasto agrave el pánico.
El trauma psicológico que hoy enfrentan los tapatíos requiere atención inmediata. El miedo a salir al espacio público, la ansiedad ante cualquier eventualidad y la desconfianza en el entorno son síntomas de una herida colectiva. Un modelo de resiliencia integral debe ofrecer tanto garantías de soporte físico y alimentario como apoyo psicológico a quienes vivieron el terror de cerca.
Nuestra metrópoli no puede permitirse quedar a merced de la improvisación. La creación de una cultura de prevención respaldada por la Agenda 2030 es hoy una necesidad vital para que, ante futuras emergencias, la ciudadanía cuente con el respaldo institucional necesario para sobrevivir y proteger su salud mental.
P.D. No utilicen ONU-Hábitat únicamente para ver sus áreas de desarrollo comercial y para negocios inmobiliarios.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que La Verdad Jalisco no se hace responsable de los mismos.




