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El Desierto de Alemán: Cómo José Emilio Pacheco retrató la muerte de la Revolución

Por: Jorge Eduardo García Pulido.
«Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquel?». La frase inicial de Las batallas en el desierto es, quizá, el inicio más famoso de la literatura mexicana contemporánea. Nos transporta de inmediato a la nostalgia de la Colonia Roma, a los juegos en el patio de tierra rojiza y al primer amor imposible. Sin embargo, bajo esa capa de inocencia escolar, José Emilio Pacheco escondió una autopsia política implacable: la crónica de cómo el régimen de Miguel Alemán Valdés (1946-1952) sepultó los ideales de Lázaro Cárdenas para parir un México desigual, corrupto y profundamente «agringado».
A menudo se lee esta novela como una historia de madurez emocional, pero su verdadero protagonista es el contexto. El año es 1948. La Segunda Guerra Mundial ha terminado y México, bajo la batuta del «Cachorro de la Revolución», decide que es hora de dejar atrás el sombrero de paja y ponerse la corbata de seda.
Para entender la crítica de Pacheco, hay que mirar el retrovisor. Apenas unos años antes, el General Lázaro Cárdenas había nacionalizado el petróleo, repartido tierras y promovido una educación socialista. Pero con la llegada de Miguel Alemán —el primer presidente civil tras la Revolución—, el péndulo osciló violentamente hacia la derecha.
En la novela, este cambio no se narra con discursos, sino con marcas comerciales. La invasión es silenciosa pero total. El país nacionalista se rinde ante la Coca-Cola, el ketchup, los hot dogs y los coches inmensos de ocho cilindros. Alemán abrió las puertas de par en par al capital estadounidense bajo la bandera de la «modernidad», y Pacheco nos muestra el costo cultural de esa transacción: la clase media empieza a hablar con palabras en inglés (Ok, Hello, Bye) porque el español ya no suena a progreso.
El golpe más duro a la realidad cardenista se personifica en el padre de Carlitos. Es un hombre trabajador, dueño de una pequeña fábrica de jabones, que se ve asfixiado por la competencia desleal de las grandes marcas extranjeras que el gobierno de Alemán protege.
La quiebra del padre de Carlitos no es un accidente narrativo; es el testimonio del fracaso de la burguesía nacional. Mientras el gobierno pregonaba el «Milagro Mexicano», en la práctica estaba desmantelando a los pequeños productores mexicanos para entregar el mercado a los detergentes norteamericanos. El padre de Carlitos termina siendo un empleado más, un engranaje vencido por la maquinaria del capitalismo de cuates que inauguró el alemanismo.
Miguel Alemán no solo trajo inversiones; trajo una nueva moralidad, o mejor dicho, la ausencia de ella. Las batallas en el desierto retrata un México donde la corrupción deja de ser un secreto y se convierte en un estatus. Los compañeros de Carlitos en la escuela privada saben quién es hijo de político y quién no.
El enriquecimiento ilícito, la «mordida» y el tráfico de influencias se normalizan. La modernidad de Alemán, con su Ciudad Universitaria y sus viaductos, se construyó sobre los cimientos de una desigualdad atroz. Mientras unos estrenaban electrodomésticos importados, la mayoría se hundía en la pobreza urbana, esa que ya no tenía la dignidad del campesino revolucionario, sino la miseria del proletariado olvidado.
Al final, el «desierto» donde pelean los niños en el recreo es el único territorio que les pertenece. El resto del país ha sido hipotecado. El amor de Carlitos por Mariana —la madre de su amigo Jim, una mujer moderna, posiblemente amante de algún poderoso vinculado al régimen— es la metáfora final. Mariana representa ese México inalcanzable, seductor y trágico que el alemanismo prometió y que terminó destruyendo.
Recordar hoy Las batallas en el desierto es imperativo. No para suspirar por los tranvías que ya no existen, sino para entender que la desigualdad actual de México tiene fecha de nacimiento. Fue en aquel sexenio donde el PRI giró a la derecha, donde se cambió la justicia social por el progreso de concreto, y donde nos enseñaron que para ser modernos, teníamos que dejar de ser nosotros mismos.


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