
Por Amaury Sánchez G.
Si se confirma que Ricardo Villanueva aterriza como delegado nacional de Morena en Jalisco, más que overol va a necesitar casco, chaleco antibalas político y un extintor tamaño metropolitano.
Porque Morena en Jalisco no es un partido: es una asamblea permanente de agravios.
Villanueva no es un político de plaza pública ni de grito encendido. No es de los que rompen micrófonos ni de los que se suben a la camioneta para arengar a la raza. Es más bien de escritorio fino, agenda planchada y acuerdo en lo oscurito —pero en el buen sentido, el institucional, el que evita que los compañeros se saquen los trapitos al sol cada semana.
Y ahí está la apuesta.
Porque si algo le sobra al morenismo jalisciense es talento para dividirse. Son tan eficientes en la fragmentación que si fueran empresa ya cotizarían en bolsa.
La eventual llegada del ex rector de la Universidad de Guadalajara no es casual. Es mensaje. Es campanazo. Es la señal de que desde Palacio ya se cansaron del “cada quien por su lado”. Si la instrucción viene de la presidenta Claudia Sheinbaum, entonces la traducción política es simple: orden o orden.
Pero ojo.
Orden no es lo mismo que reparto.
Porque el fantasma que empieza a recorrer los pasillos guindas no es el del marxismo, es el del “Grupo Universidad”. Y si el delegado convierte la oficina en extensión de la rectoría, entonces no vino a pacificar, vino a inclinar la balanza.
Y eso, en Morena, se paga caro.
El dilema es quirúrgico:
¿Viene a sumar o viene a posicionar?
Porque una cosa es acercar empresarios, académicos y organizaciones civiles al proyecto de la Cuarta Transformación —movimiento inteligente, por cierto— y otra muy distinta es empoderar a los cuates con credencial universitaria.
Y mientras eso ocurre, los militantes de cepa ya están sacando los estatutos, el reglamento y hasta la lupa jurídica para impugnar la figura del “delegado nacional”. Porque en política mexicana, cuando no te gusta el nombramiento, siempre hay un recurso bajo la manga.
La oposición externa observa con palomitas en la mano.
Movimiento Ciudadano sigue gobernando Guadalajara y Zapopan sin despeinarse, mientras Morena practica el noble deporte del fuego amigo.
Ahí está el verdadero problema.
No es ganar simpatías.
Es dejar de perder entre ellos.
Villanueva tiene fama de conciliador. Y eso puede ser virtud… o anestesia. Porque si la conciliación se traduce en repartir posiciones para que nadie grite, entonces sólo se pospone la guerra.
La pregunta que nadie quiere formular en voz alta es simple:
¿Puede un operador institucional domar a tribus que han hecho del conflicto su forma de supervivencia?
Si lo logra, será el arquitecto de la cohesión rumbo a 2027.
Si no, será el siguiente nombre en la lista de “los que intentaron ordenar el caos”.
Porque en política jalisciense nadie fracasa por falta de talento.
Fracasa por exceso de egos.
Y Morena en Jalisco no necesita un delegado que venga a mandar.
Necesita uno que venga a equilibrar… sin quedarse con la caja chica del equilibrio.
Veremos si trae brújula.
O sólo credencial.
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