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El conservadurismo sigue saqueando la riqueza de todos, como muestra Trump y sus políticas de gobierno


Por: Jorge Eduardo García Pulido

El análisis histórico de la Mesoamérica marginal revela que el saqueo de los recursos minerales y el oro no fue un evento fortuito, sino la ejecución de un plan sistémico de despojo que hoy encuentra su eco en las políticas de la administración de Donald Trump. Al observar la dinámica del genocidio perpetrado durante la colonia para el control de los yacimientos en el occidente de México, es imposible no trazar un paralelismo con la doctrina conservadora actual, la cual prioriza la acumulación de capital y el dominio de los recursos energéticos por encima de cualquier derecho humano o soberanía nacional. El despojo, que antes se ejecutaba mediante la espada, hoy se manifiesta a través de sanciones económicas y presiones militares en regiones como Irak e Irán, donde la riqueza mineral es el botín principal de un extractivismo que no conoce fronteras.

La polaridad del virreinato y el nacimiento de las nuevas clases sociales sentaron las bases de una estructura de segregación que persiste en el modelo de gentrificación contemporánea. Mientras que en el siglo XVI se crearon castas para jerarquizar el acceso a la riqueza, hoy el conservadurismo utiliza el mercado inmobiliario para desplazar al habitante tradicional de sus barrios. Este proceso de gentrificación es, en esencia, un acto de opresión económica que sustituye la identidad y el arraigo por el valor de cambio. En las calles de Jalisco, el habitante original es expulsado de su entorno por una clase social que, bajo el amparo de políticas de libre mercado radical, ve en la vivienda un activo de especulación y no un derecho social, replicando la lógica colonial de sustituir al nativo por el acumulador.

La ideología capitalista que sostiene estas acciones dicta que el progreso solo es posible mediante la privatización de lo que pertenece a todos. Donald Trump, como máximo exponente de esta visión, ha impulsado políticas que desmantelan protecciones ambientales y sociales para favorecer la extracción indiscriminada de recursos. Esta postura no difiere de la mentalidad de los conquistadores que vaciaron las minas de la Mesoamérica marginal; en ambos casos, la naturaleza y la vida humana son sacrificadas en el altar de la rentabilidad. Al comparar el saqueo virreinal con las intervenciones en Medio Oriente por el petróleo, queda claro que el objetivo es el mismo: asegurar la hegemonía de una élite a costa del exterminio físico o económico del otro.

Los actos de despojo y las políticas de gobierno que hoy vemos desde el norte hacia el resto del mundo son la continuación de una visión de dominio que se niega a morir. La doctrina conservadora busca restaurar un orden donde la riqueza mineral y territorial sea propiedad de unos cuantos, utilizando la fuerza si es necesario para doblegar a las naciones que poseen los recursos que el sistema requiere. La resistencia en los barrios tradicionales frente a la gentrificación y la lucha de las naciones soberanas por sus recursos naturales son dos caras de la misma moneda: la defensa de la vida frente a un modelo que solo sabe saquear para sostener este andamiaje de privilegio.

Al final, el genocidio y la opresión que marcaron el nacimiento del virreinato siguen presentes en la política exterior e interna del conservadurismo moderno. El costo del «progreso» que prometen estas políticas es siempre el desplazamiento y el sufrimiento de las mayorías. Entender que la gentrificación en nuestras ciudades y las guerras por petróleo en el extranjero son parte del mismo engranaje extractivista es el primer paso para confrontar un sistema que, bajo nombres distintos, sigue operando con la misma crueldad con la que se vaciaron las venas de Mesoamérica.


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