Close

El cibergolem y la democracia mexicana

Screenshot


Por Carlos Anguiano

www.youtube.com/c/carlosanguianoz

@carlosanguianoz en redes sociales

La política ya no se disputa únicamente en plazas públicas, medios tradicionales o estructuras partidistas. Se libra cada vez con mayor intensidad, en las plataformas digitales. Ahí, donde millones de interacciones cotidianas moldean percepciones, emociones y decisiones, comienza a operar una lógica distinta del poder: menos visible, más fragmentada y, sobre todo, difícil de controlar.

La idea del “cibergolem”, planteada en Cibergolem: La quinta columna digital, de Andoni Alonso, ofrece una clave para entender este fenómeno. No se trata de una herramienta ni de un actor tradicional, sino de una construcción colectiva: la suma de datos, opiniones, impulsos y reacciones que circulan en el ecosistema digital. Un ente que no piensa, pero orienta; que no delibera, pero influye.

En el contexto mexicano, este “cibergolem” ya tiene efectos tangibles. La conversación pública se ha desplazado hacia dinámicas donde la viralidad pesa más que la evidencia, y donde la emoción suele imponerse sobre la deliberación. Basta observar cómo ciertos temas emergen y desaparecen en cuestión de horas, condicionando agendas mediáticas y respuestas institucionales. De cara a los procesos electorales de 2027 este fenómeno adquiere una dimensión crítica. No estamos frente a una simple evolución tecnológica, sino ante una reconfiguración del campo político.

A diferencia de las amenazas tradicionales a la democracia, la llamada “quinta columna digital” no actúa desde fuera. No hay un adversario claramente identificable. La erosión ocurre desde dentro del propio tejido social, alimentada por la saturación informativa, la desconfianza estructural y la polarización amplificada por algoritmos.

México presenta condiciones especialmente sensibles: niveles históricos de desconfianza en instituciones, desigualdad en acceso a información de calidad y una creciente dependencia de redes sociales como fuente primaria de noticias. En este entorno, la sobreexposición no genera ciudadanos mejor informados, sino audiencias fragmentadas. El resultado es una paradoja inquietante: mayor participación digital no necesariamente fortalece la democracia. Por el contrario, puede diluir la capacidad de decisión colectiva en un ruido constante.

Uno de los efectos más visibles de este proceso es el avance de la antipolítica. No se trata únicamente del rechazo a partidos o figuras públicas, sino de una deslegitimación más profunda de la representación misma. Cuando la política pierde credibilidad, el vacío no queda sin ocupar. Es rápidamente llenado por nuevas formas de influencia: narrativas virales, liderazgos digitales sin responsabilidad institucional, e incluso campañas diseñadas para explotar emociones antes que argumentos. Esto puede traducirse en procesos electorales donde el voto ya no responda a proyectos de gobierno o plataformas programáticas, sino a percepciones construidas algorítmicamente. La decisión política se vuelve reactiva, no reflexiva.

Uno de los grandes mitos de la era digital es la supuesta igualdad en la participación. En apariencia, todos pueden opinar. En la práctica, pocos determinan lo que se ve y lo que se discute. Los algoritmos —diseñados para maximizar atención— priorizan contenido que genera reacción inmediata: indignación, miedo, euforia. En ese entorno, la moderación pierde competitividad. El debate se simplifica y las posiciones se radicalizan. Para un país como México, con alta intensidad electoral y tensiones sociales acumuladas, este sesgo no es menor. Puede amplificar conflictos, distorsionar diagnósticos y, en casos extremos, comprometer la legitimidad de los resultados.

El desafío de las próximas elecciones no será únicamente organizar comicios técnicamente sólidos. Será garantizar condiciones mínimas para una deliberación pública informada. Hoy, los algoritmos ya no sólo influyen en lo que la gente ve, sino en lo que considera relevante. Sin reglas claras, el riesgo es evidente: procesos electorales donde la equidad se vea comprometida por dinámicas opacas, y donde el poder real se desplace hacia actores tecnológicos sin responsabilidad democrática.

El diagnóstico no debe llevar al pesimismo, sino a la acción. La tecnología no es, por sí misma, el problema. El reto es político e institucional. México necesita avanzar en al menos cuatro frentes: alfabetización digital crítica,regulación efectiva de plataformas, fortalecimiento institucional y revalorización del debate público, apostando por argumentos, datos y deliberación. De cara a las próximas elecciones, el llamado es claro: participar, sí, pero con criterio; informarse, pero con rigor; y exigir, con firmeza, reglas que protejan la integridad de nuestra democracia.


Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que La Verdad Jalisco no se hace responsable de los mismos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

0 Comments
scroll to top