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El campo agoniza en el escritorio: el legado que asfixia al surco

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Por: Jorge Eduardo García Pulido

El desarrollo de nuestro país ha contraído una deuda histórica y dolorosa con quienes alimentan a la nación. Hoy, el campo mexicano respira con dificultad, asfixiado no solo por las sequías o el cambio climático, sino por la frialdad de los tecnócratas y burócratas que diseñan políticas desde la comodidad de un despacho. La desconexión es profunda. Las decisiones que afectan la vida de millones de familias rurales se toman mirando proyecciones financieras y estadísticas vacías, omitiendo el factor más importante de todos: la dimensión humana de quienes trabajan la tierra.

El origen de esta fractura tiene raíces profundas que no podemos seguir ignorando. El espíritu del alemanismo, impulsado durante la administración de Miguel Alemán Valdés, sigue manifestándose como un fantasma que recorre los ejidos y las comunidades. Aquel giro histórico apostó de lleno por la concentración de recursos, la irrigación masiva y la producción a gran escala, marginando el sentido social del campo y condenando al pequeño productor al olvido institucional.

Ese modelo sembró algo mucho más pernicioso que la mera desigualdad económica: sembró un estigma social. Se construyó una visión de Estado donde el trabajo de la tierra fue asociado irremediablemente al atraso. El resultado ha sido una tragedia silenciosa, pues ha terminado por avergonzar a los hijos de campesinos y ejidatarios. Las nuevas generaciones han sido empujadas a abandonar sus comunidades, despojadas del orgullo de su origen y convencidas por el propio sistema de que el surco no ofrece un futuro digno ni próspero.

Para revertir este daño, es indispensable mirar hacia los cimientos que nos dejó la Revolución Mexicana, movimiento que entendió la vital importancia de agrupar a los trabajadores de la tierra y creó las centrales campesinas. Estas organizaciones, históricamente concebidas para la defensa colectiva, deben ser rescatadas de la inercia, la cooptación y el olvido. Es a través de estos espacios y de sus liderazgos genuinos que se podrá articular una verdadera defensa del sector. Rescatar las centrales significa devolverle la voz a quienes realmente conocen las necesidades del surco, para que, unidos, logren exigir y materializar la justicia social y económica que el campo mexicano reclama.

Frente a este escenario de abandono, la necesidad de un relevo de sensibilidad es imperativa. El Estado mexicano requiere, de manera indiscutible, personas de a pie en las posiciones de toma de decisiones. Se necesitan liderazgos que se hayan manchado los zapatos de tierra, que comprendan el sudor de la jornada, la angustia de perder una cosecha y el peso aplastante de los créditos. El campo no tolera más la miopía del escritorio; exige una empatía genuina con los sentimientos y la realidad del campesino. Solo quien conoce el verdadero valor del esfuerzo agrícola puede defenderlo.

La vida orgánica de las comunidades y el avance desmedido de la gran agroindustria corporativa deben encender todas las alertas en el Estado mexicano. Si no se interviene con firmeza, justicia y una profunda visión social, el pequeño productor terminará siendo devorado, convertido en un simple jornalero sin derechos dentro del mismo territorio que históricamente le pertenece. La verdadera soberanía de un país comienza en el respeto y la dignidad de quienes siembran su alimento. Volver la mirada al campesino no es un asunto de nostalgia, es la exigencia más urgente de justicia para la nación.


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