El juego del ajedrez en la cultura y las formas contemporáneas del poder

Por Mariana Navarro
Periodista cultural y escritora
Especialista en ética aplicada, comunicación y tecnologías con enfoque humano
“Quien solo se mueve en diagonal cree ver más;
olvida que no domina el centro.”
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EL JUEGO COMO METÁFORA CULTURAL
Desde hace siglos, el ajedrez ha sido algo más que un juego.
Ha funcionado como modelo mental, como alegoría del poder, como lenguaje simbólico para pensar la política, la ética y la cultura.
No es casual que reyes, monjes, estrategas y escritores —de Maquiavelo a Borges— lo hayan usado para explicar cómo se organiza el mundo: quién ocupa el centro, quién se mueve desde los márgenes y quién cree controlar sin mostrarse.
En el ajedrez, como en la vida pública, no todas las jugadas buscan el enfrentamiento directo. Algunas prefieren la oblicuidad, la intermediación, el desplazamiento silencioso. Ese es el territorio del alfil.
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LA GEOMETRÍA DEL PODER OBLICUO
El alfil no avanza en línea recta.
Se desplaza en diagonales largas, precisas, aparentemente discretas.
No ocupa territorio: lo atraviesa.
Su fuerza no reside en gobernar el tablero, sino en condicionar su movimiento.
No decide de frente: incide a distancia.
En las estructuras culturales, mediáticas e institucionales, esta figura representa una forma de poder que evita la exposición directa. Prefiere la gestión por terceros, la presión indirecta, el trámite sin firma, el silencio administrativo.
No prohíbe: hace que otros lo hagan.
No excluye: crea las condiciones para que la exclusión parezca natural.
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LA ILUSIÓN DE VER SIN SER VISTO
Desde la diagonal, el alfil cree dominar más de lo que realmente domina.
Confunde alcance con control.
Influencia con autoridad.
Mientras el centro del tablero permanece vacío, esta ilusión resulta eficaz.
La diagonal parece suficiente.
El poder oblicuo se confunde con inteligencia estratégica.
Pero el ajedrez enseña algo esencial:
ver no es gobernar.
Cuando el centro se ocupa —cuando alguien asume visibilidad, palabra y responsabilidad— la diagonal pierde eficacia. El alfil sigue viendo, pero ya no define el sentido del juego.
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CONTROL SIN RESPONSABILIDAD: EL PROBLEMA ÉTICO
El alfil se mueve cómodo en la ambigüedad.
Su lenguaje es conocido:
— “yo no decidí”,
— “no dependía de mí”,
— “así funcionan las cosas”.
Esta forma de control es especialmente problemática desde una perspectiva ética, porque disuelve la responsabilidad. El poder se ejerce, pero nadie lo asume.
En términos periodísticos, aquí se cruza una línea delicada:
cuando las decisiones que afectan voces, trayectorias o accesos se toman sin transparencia, sin autoría clara y sin posibilidad de réplica, el criterio editorial legítimo empieza a confundirse con mecanismos de silenciamiento.
Y el silencio, cuando es sistemático, deja de ser casual.
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EL CENTRO COMO EXIGENCIA ÉTICA
La ética, a diferencia del alfil, no se mueve en diagonal.
Exige frontalidad.
Exige trazabilidad.
Exige asumir el costo de decidir.
En el ajedrez, la reina ocupa el centro no para atacar de inmediato, sino para hacer visible el tablero. Desde ahí, todo movimiento debe explicarse.
Cuando el centro se llena, las diagonales dejan de gobernar.
El poder oblicuo queda reducido a lo que realmente es:
una pieza útil, pero incapaz de definir el juego por sí sola.
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EPÍLOGO: CUANDO EL JUEGO SE VUELVE LEGIBLE
El alfil cree controlar el tablero porque nunca se expone.
La historia —y el ajedrez— demuestran lo contrario.
La ilusión del control se desvanece cuando alguien decide ocupar el centro y sostener la palabra sin intermediarios.
Porque hay una verdad que atraviesa tanto al juego como a la cultura:
el poder que no puede mostrarse
no puede gobernar una partida larga.
Nombrar estas dinámicas no es revancha.
Es rigor.
Es ética.
Es una forma de cuidar el sentido del juego.
Y cuando el tablero se vuelve legible,
ya no se trata de ganar o perder,
sino de decidir desde dónde se juega.
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