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Cuando Trump recordó que Maduro y Putin no son migrantes

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Por Amaury Sánchez G.

Donald Trump salió al estrado como toro que promete embestida… y terminó dando vueltas en el ruedo sin clavar los pitones. Mucho discurso, mucho músculo verbal, mucha fanfarria imperial, pero a la hora buena, cuando el Congreso ya le había puesto el pase en la muleta, no declaró la guerra contra Venezuela. Ni una hora después de tener luz verde. Nada. Silencio estratégico. Encogimiento político.

Eso sí: habló largo y tendido de lo bueno que es él, de lo magnífico de su gobierno y de lo extraordinario que ha sido su paso por la historia. Trump, fiel a su estilo, prefirió el espejo antes que el conflicto. Y ahí quedó claro algo que en América Latina entendemos rápido: el león ruge, pero mide muy bien a quién morder.

Porque una cosa es dispararle al migrante indefenso en el discurso, y otra muy distinta es asomarse al terreno donde están Maduro y Putin. Ahí Trump se vuelve prudente. Calculador. Chiquito. El halcón se convierte en paloma… de utilería.

La escena fue casi pedagógica. Mientras algunos sudamericanos libertarios fans entusiastas de María Corina Machado, rezaban para que Trump sacara el garrote y declarara la guerra, el presidente estadounidense optó por el camino que mejor conoce: no hacer nada, pero decir que ya hizo todo. Disfrutemos, sí, el llanto de quienes confundieron bravata con valentía y retórica con acción.

Trump entiende algo que no dice, pero practica: las guerras reales no se anuncian en discursos prenavideños, ni se emprenden solo para alimentar a una base ideológica extranjera. Venezuela no es Irak, y Rusia no es un villano de caricatura. Con Maduro se negocia a regañadientes; con Putin se mide cada palabra. Y Trump lo sabe.

Por eso resulta tan revelador su doble discurso. Frente a los migrantes, dureza. Frente a América Latina, desprecio retórico. Frente a Irán, frases grandilocuentes. Pero frente a los verdaderos jugadores del tablero global, cautela extrema. El imperio habla fuerte cuando el riesgo es bajo; baja la voz cuando el costo puede ser alto.

Desde esta orilla del continente, el mensaje se entiende sin traducción: Trump no gobierna desde la fuerza, gobierna desde el cálculo electoral. No busca cambiar el orden internacional, sino mantener viva la narrativa de que podría hacerlo… si quisiera. Y mientras tanto, exporta polarización y recoge aplausos fáciles.

La supuesta “paz en Medio Oriente”, la economía “recuperada”, la vivienda “abaratada” y la salud “mejorada” forman parte del mismo paquete: promesas ruidosas, resultados difusos. Y ahora se suma otra: la amenaza que no fue, la guerra que no llegó, el puño cerrado que nunca se levantó.

Trump volvió a hablarle a su base, no al mundo. Volvió a señalar enemigos cómodos y a esquivar los incómodos. Volvió a gritar donde no hay respuesta… y a callar donde sí la habría.

Así que sí, disfrutemos el momento. No por burla, sino por claridad. Porque cuando el presidente de Estados Unidos se hace chiquito frente a Maduro y Putin, queda claro que el problema nunca fue la falta de poder, sino la falta de voluntad real para usarlo.

Y en política internacional, como en la vida, el que presume demasiado suele hacerlo para ocultar lo que no se atreve a enfrentar.


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