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Crónicas de una Silla Embrujada: De la Inocencia de Madero a la Aplanadora de Sheinbaum

Por: Jorge Eduardo García Pulido

Dicen que cuando Emiliano Zapata y Pancho Villa entraron a Palacio Nacional y vieron la silla presidencial, Zapata se negó a sentarse. «Esa silla está embrujada», dijo. «Cualquiera que se sienta ahí, pierde la razón».

Si repasamos el siglo XX y lo que va del XXI, esa superstición parece más un diagnóstico clínico de la vida orgánica de México. Nuestra democracia no ha sido una línea recta ascendente, sino una espiral de complicidades, simulaciones brillantes y traiciones necesarias. Desde el espiritismo de Madero hasta el cientificismo de Claudia Sheinbaum, la historia del poder en México es la historia de cómo maquillar al «Tlatoani» con ropas de demócrata.

El Pecado Original y el «Viejito» Astuto

Todo comenzó con un error de cálculo. Francisco I. Madero, el «Apóstol», creyó que la democracia era una cuestión aritmética: contar votos. Su inocencia le costó la vida. El rumor en los cuarteles de 1913 no era sobre leyes, sino sobre debilidad. México aprendió a la mala que, en este país, el vacío de poder se llena con sangre.

De ese caos nació el sistema, pero fue Adolfo Ruiz Cortines —ese viejo zorro que jugaba dominó mientras decidía el destino de la nación— quien entendió el truco de la legitimidad moderna. En 1953, concedió el voto a la mujer.

La historia oficial dice que fue un acto de justicia. La rumorología de la época cuenta otra cosa: el PRI necesitaba duplicar el padrón con un electorado que, en los años 50, era devotamente conservador, católico y apegado al orden. Ruiz Cortines no dio el voto para liberar a la mujer; lo dio para amarrar la estabilidad del régimen. Fue una jugada maestra de «democracia orgánica»: ampliar la base para que nada cambiara en la cúpula.

La Borrachera de la Abundancia

Luego vino la arrogancia. En los 70, el rumor en Los Pinos era que «administrar la abundancia» sería fácil. López Portillo, entre lágrimas de cocodrilo y ladridos por el peso, nos vendió la ilusión de que el petróleo sustituía a la política.

Fue la época de la «Falsa Abundancia». La democracia se convirtió en un estorbo porque, ¿para qué votar si todos somos ricos? La complicidad aquí fue social: la clase media aceptó callar a cambio de viajes a Miami y fayuca barata. Cuando el sueño petrolero colapsó en el 82, no solo quebró el banco; quebró el mito del Presidente Infalible. Ahí, en esa resaca nacional, el sistema empezó a morir.

El Pacto de las Sombras y la Alternancia de Terciopelo

Saltamos a la era de la tecnocracia y la alternancia, donde los rumores se volvieron «Concertacesiones».

Se dice que en 1988, el sistema no se cayó, lo callaron. Pero lo interesante no es el fraude, sino lo que vino después. Salinas de Gortari, carente de votos reales, compró legitimidad modificando la Constitución (el Artículo 27 y la relación Iglesia-Estado). Fue el gran trueque: «Te quito democracia, pero te doy modernidad y TLCAN».

Cuando Vicente Fox sacó al PRI de Los Pinos en el 2000, la gente esperaba juicios y sangre política. No hubo nada. El rumor a voces es que hubo un pacto de caballeros: la silla se entrega, pero la estructura no se toca. La democracia del siglo XXI nació condicionada. Fox y Calderón no desmontaron el viejo régimen; simplemente lo pintaron de azul. La «vida orgánica» del país siguió dictada por los mismos sindicatos, los mismos empresarios y los mismos vicios, solo que ahora con más violencia en las calles.

El Regreso del Péndulo: La Era Sheinbaum

Y así llegamos al hoy, al México de la Cuarta Transformación. Si el siglo XX fue el siglo de la simulación institucional, el siglo XXI bajo la batuta de AMLO y ahora de Claudia Sheinbaum Pardo, es el regreso de la política cruda, sin intermediarios.

La llegada de Sheinbaum no es solo el hito feminista que cerraría el ciclo de Ruiz Cortines. Es algo más profundo y agudo. La reciente Reforma Judicial y la desaparición de los organismos autónomos confirman el nuevo rumor que recorre los pasillos del poder: la democracia liberal ha muerto; larga vida a la democracia popular.

La «complicidad» hoy no es entre políticos y empresarios en lo oscurito, sino entre el Líder y la Plaza Pública. Se ha modificado la Constitución para desmantelar los frenos que se construyeron en los 90. ¿Es un avance? Para la mayoría que se sentía excluida, sí. ¿Es un retroceso? Para la estructura republicana de contrapesos, sin duda.

El Veredicto

Hoy, la democracia mexicana ya no se trata de «quién cuenta los votos» (esa obsesión de los 90), sino de «quién controla a los jueces».

Desde Madero hasta Sheinbaum, hemos pasado del anhelo de que el voto valga, a la realidad de que la mayoría aplasta. La silla presidencial sigue embrujada, pero el conjuro ha cambiado: antes el poder se ejercía con el silencio de las oficinas; hoy se ejerce con el ruido de las mañaneras. La vida orgánica de México ha mutado: ya no buscamos al mejor administrador, buscamos al mejor vengador del pasado.

Y en esa búsqueda, corremos el riesgo de olvidar la lección que Madero nos dejó escrita con sangre: que el poder absoluto, aunque sea popular, tarde o temprano, se devora a sus hijos.


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