
Jorge Eduardo García Pulido.
Corría el mes de marzo de 2008 cuando el entonces gobernador Emilio González Márquez, tras un evento público, protagonizó un episodio que quedó marcado en la memoria colectiva de Jalisco: bajo los efectos del alcohol, profirió insultos contra quienes cuestionaban su gestión de recursos públicos para una causa religiosa. Al día siguiente, la escena era distinta: el funcionario reconoció su error y admitió que Jalisco no merecía un gobernador en esas condiciones. Aunque no hubo renuncia, sí existió un acto público de contrición. En la tradición de la justicia, el arrepentimiento —la capacidad de reconocer la falta y buscar la enmienda— es el camino de los justos; sin embargo, este precedente nos plantea una pregunta necesaria: ¿puede el arrepentimiento borrar el daño a la investidura?
Hoy, la lección es más vigente que nunca, y la situación protagonizada por quien ostenta la presidencia del Colegio de Ingenieros Topógrafos Geomáticos del Estado de Jalisco (CITGEJ) nos obliga a cuestionar nuevamente qué esperamos de nuestros líderes. El reciente deslinde emitido por dicha institución es un primer paso indispensable, pero la lección de fondo trasciende lo administrativo: los cargos de representación gremial no deben evaluarse únicamente por sus capacidades técnicas o su liderazgo ejecutivo, sino por la solidez de sus valores humanos.
Representar a un gremio implica una responsabilidad que no se apaga al cerrar la oficina ni se diluye en los momentos de esparcimiento. Quien habla en nombre de todos lleva sobre sus hombros la reputación de sus colegas; por ello, la cordura, la templanza y el respeto no son opcionales, son requisitos inherentes al puesto. Es lamentable observar cómo, ante la euforia de una celebración, el juicio se nubla y se olvidan las lecciones de civismo, dejando de lado que una sola acción impulsiva puede dañar la imagen de toda una profesión.
Para comprender la magnitud de lo ocurrido, debemos recordar las palabras con las que Rigoberta Menchú suele ilustrar la desconexión entre el victimario y el agredido: «Unos niños jugaban a tirar piedras a unas ranitas en un estanque. Los niños se reían y se divertían mucho viendo cómo las ranitas saltaban y trataban de esconderse. Una de las ranitas, al ver que sus compañeras morían aplastadas, sacó la cabeza del agua y les dijo: ‘Niños, por favor, dejen de tirar piedras. Lo que para ustedes es diversión, para nosotras es muerte'».
Las conductas de odio y los gestos despectivos son precisamente esas piedras: lo que el agresor normaliza como «broma» o «folclor», para la víctima es una agresión directa a su dignidad humana. No podemos permitir que la falta de empatía se convierta en la norma bajo la cual convivimos.
La vida, en su verdadera dimensión, es una suma de actos conscientes. Ser un líder es, ante todo, ser un hito, un nodo de vida que irradia ejemplo. Esta labor exige trabajar sin esperar reconocimiento, con la paciencia de quien sabe que la integridad se demuestra caminando incluso cuando nadie nos observa. El respeto hacia el prójimo —especialmente hacia visitantes de otras culturas que nos brindan su confianza y que, mediante su estancia, generan un impacto económico vital para nuestras familias— debe ser la brújula que guíe cada paso.
Hacemos un llamado a los integrantes de todos los colegios de profesionales: la calidad humana es el activo más valioso de cualquier organización. No basta con ser expertos en la materia; es necesario ser humanos ejemplares. Que el respeto no sea una política impuesta, sino la forma natural de interactuar con el mundo. La verdadera grandeza de nuestro estado se manifestará cuando cada uno de sus representantes, en su vida pública y privada, actúe con la consciencia de que su conducta es el espejo en el que se mira toda nuestra sociedad.
Desde este espacio, extendemos una sincera disculpa al pueblo coreano por estos actos que no representan el sentir de los jaliscienses. Es urgente y vital buscar activamente conductas libres de odio, basadas en el reconocimiento de nuestra igualdad humana.
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