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LA RESPONSABILIDAD DESPUÉS DEL ACTO: ÉTICA DE LO QUE SE CREA Y SE ABANDONA


Por Mariana Navarro

“No todo lo que puede hacerse, debe soltarse al mundo sin hacerse cargo de sus consecuencias.”

Hay creaciones que no terminan cuando nacen.
Al contrario: ahí empiezan.

Un algoritmo que decide.
Una tecnología que escala.
Una idea que se vuelve discurso colectivo.
Una palabra que transforma —o hiere— sin posibilidad de retorno.

Pero también:

Un hijo que crece.
Un puente que se construye.
Una medicina que se prescribe.
Una ley que se firma.

En todos esos casos, nadie diría que la responsabilidad termina en el momento de crear.

¿Por qué, entonces, sí lo aceptamos en otros ámbitos?

Vivimos en una época donde crear se ha vuelto fácil, casi inmediato.
Pero hacerse responsable… sigue siendo profundamente humano.

Y ahí aparece la pregunta incómoda:

¿Puede alguien deslindarse de lo que creó una vez que ya está en el mundo?

CREAR NO ES SOLTAR: ES INICIAR UNA CADENA

En ética, hay una distinción que rara vez se nombra fuera de la filosofía:
la diferencia entre causar y hacerse cargo.

Crear algo implica iniciar una cadena de efectos.
Algunos previsibles. Otros no.
Pero eso no cancela la responsabilidad: la transforma.

Quien construye un edificio no puede decir que no es asunto suyo si colapsa.
Quien diseña un medicamento no puede ignorar sus efectos secundarios.
Quien forma a una persona no puede desentenderse de los valores que sembró.

¿Por qué entonces, cuando se trata de sistemas, plataformas o inteligencia artificial…
la responsabilidad parece disolverse?

Porque no basta con decir “yo no sabía” cuando había señales.
Ni “ya no depende de mí” cuando el impacto era anticipable.

Hoy vemos sistemas que recomiendan, filtran, deciden, sustituyen.
Y cuando algo falla, aparece una narrativa peligrosa:

Nadie es responsable.

LA ÉTICA DE LA OMISIÓN TAMBIÉN ES ACCIÓN

No hacerse cargo también es una forma de actuar.

El médico que no advierte, decide.
El arquitecto que no revisa, decide.
El conductor que no frena, decide.

Del mismo modo:

Quien crea una plataforma y no regula sus efectos, decide.
Quien diseña un sistema sin pensar en sus sesgos, decide.
Quien impulsa una innovación sin prever su impacto social, también decide.

La omisión no es neutral.
Es una forma silenciosa de intervención.

Y quizá ahí está el núcleo de esta reflexión:

La responsabilidad no termina en el acto de creación.
Empieza en él.

DEL AUTOR AL CUIDADOR

Tal vez necesitamos cambiar el lenguaje.

Dejar de pensar en “creadores” como figuras que lanzan cosas al mundo…
y comenzar a pensarlos como custodios de consecuencias.

Porque toda creación, en algún punto, pide cuidado.

Un libro pide interpretación —porque puede iluminar o confundir.
Una tecnología pide regulación —porque puede servir o excluir.
Una idea pide contexto —porque puede orientar o manipular.

Un hijo pide presencia.
Una comunidad, responsabilidad.
Un sistema, vigilancia ética.

Y cuando ese cuidado no existe, lo creado no se vuelve neutral:
se vuelve impredecible… y a veces, profundamente injusto.

CONCLUYENDO

No es la creación lo que nos define éticamente.
Es lo que hacemos con ella después.

Porque crear no es un punto de llegada.
Es el inicio de una onda que se expande más allá de nosotros.

Una palabra no termina en quien la dice.
Una decisión no termina en quien la toma.
Una tecnología no termina en quien la diseña.

Se extienden.
Impactan.
Permanecen.

Y en ese trayecto —silencioso pero decisivo—
la responsabilidad no desaparece: se desplaza.

Porque crear sin hacerse cargo no es libertad:
es abandono.

Y abandonar lo que sigue teniendo efectos sobre otros
no es una omisión menor:
es una forma de renunciar a la propia conciencia.

Tal vez por eso necesitamos nombrarlo distinto.

No como creadores.
Sino como lo que en realidad somos cuando nuestras decisiones dejan huella:

custodios de consecuencias.

Porque aquello que soltamos y dejamos de cuidar
no se vuelve libre:
se vuelve de nadie.

Y lo que es de nadie, termina por perder sentido, dirección… y, a veces, humanidad.

Por eso, aunque a veces sintamos que algo ya no nos pertenece,
en el fondo sabemos que sí.

Nos pertenece —y mucho—.

Porque cada acto, cada decisión, cada omisión
no desaparece:
se transforma en eco.

Permanece
en la trama invisible de lo que somos
y de lo que seguimos siendo.

De aquí
a la eternidad.


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