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Para el PT: A + B = C

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Por: Jorge Eduardo García Pulido.

 Decía Félix Flores Gómez que la política no es para el que le gusta, sino para el que le entiende. Bajo este precepto ideológico, me gustaría plantear una hipótesis: ¿realmente estamos ante una negación espontánea del Partido del Trabajo o es, en el fondo, una petición de Andrés Manuel López Obrador para echar atrás las iniciativas que no se alinean con el origen del movimiento? Esta pregunta toca la fibra más sensible de la estructura política actual, donde las formas institucionales de la presidenta Claudia Sheinbaum chocan con las lealtades de un pacto fundacional que ha resistido veinticuatro años de batallas. Lo que hoy observamos no es un simple episodio de rebeldía parlamentaria ni un cálculo de cuotas de poder, sino la manifestación de un compromiso histórico inamovible.

Muchos analistas se preguntan por qué el PT aceptaría el desgaste mediático y el señalamiento de ser el eslabón débil de la coalición en este segundo piso de la transformación. La respuesta parece hallarse en que, para esta fuerza política, el escrutinio de la opinión pública es un precio menor comparado con el valor de la congruencia hacia su aliado de siempre. Mientras otros sectores se apresuran a mimetizarse con las nuevas directrices que emanan de la Ciudad de México, el partido del Profe Anaya actúa como un recordatorio viviente de que la alianza se fundó codo a codo con el hoy expresidente, y que esa jerarquía moral sigue siendo el eje rector de su existencia.

Esta hipótesis de que algo salió mal en la implementación de los planes A y B, y que ello devalúa la imagen del PT por no plegarse a las nuevas exigencias, olvida que la fuerza de este partido no reside en la aprobación de las élites, sino en su fidelidad a la causa raíz. No se trata únicamente de un acto constitucional o de una disciplina partidista ciega, sino del ejercicio de una democracia real que reconoce que el liderazgo de López Obrador, aun en su retiro, mantiene fortalezas y aliados que no se han diluido. El PT parece estarle diciendo al sistema que su lealtad no es con un cargo transitorio, sino con el proyecto de nación que ellos ayudaron a cimentar desde las bases hace más de dos décadas.

Es tal vez el momento de que la actual administración se de cuenta de que gobernar bajo la sombra de un gigante requiere regresar a los principios que dieron vida a la lucha social. La oposición del PT a ciertas reformas que perciben como ajenas al espíritu original es, en realidad, un acto de protección al legado del fundador. Al final del día, lo que el Partido del Trabajo muestra es que prefiere habitar en la tormenta del escrutinio mediático antes que traicionar la memoria de una historia compartida. Su postura es una invitación a la reflexión para la Presidenta: la transformación no solo es un conjunto de leyes, es un compromiso con el pueblo y con los aliados que nunca se bajaron del barco cuando el camino era más difícil, y así evitar que MORENA se vuelva una monarquía absoluta.


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