En política, los hechos siempre terminan desmintiendo a las palabras. Y en Jalisco, la secuencia reciente entre Movimiento Ciudadano y Morena confirma que los acuerdos pesan más que los posicionamientos públicos.
El primer movimiento no fue frontal ni público. El acercamiento entre el gobernador Pablo Lemus Navarro y el ex rector de la Universidad de Guadalajara, Ricardo Villanueva Lomelí hoy subsecretario de Educación federal y delegado nacional de Morena en Jalisco, tuvo un detonante específico: la incorporación de Ernesto Villanueva hermano del exrector, a una actividad relevante dentro de la Máxima Casa de Estudios del estado.
Ese movimiento provocó “la reunión del gobernador con Ricardo Villanueva”. No fue un gesto académico ni un trámite administrativo. Fue una señal política deliberada. En Jalisco, la UdeG sigue siendo un espacio de poder real, un territorio de interlocución y un canal confiable para enviar mensajes antes de que estos se traduzcan en acuerdos mayores. El puente se tendió ahí porque ahí se podía tender sin ruido.
Luego vino el discurso duro. Desde la tribuna del Congreso de Jalisco, Miguel de la Rosa coordinador de la bancada de Morena, anunció el fin de la “cortesía política” con el gobierno estatal. Incluso reveló que la instrucción recibida desde la capital del país había sido mantener esa cortesía para que “le fuera bien a Jalisco”, pero que los ataques provenientes del “cuartel naranja” habían obligado a cambiar de ruta.
El mensaje parecía inequívoco: ruptura, confrontación y endurecimiento del tono rumbo a 2027. Pero la política real, como suele ocurrir, se movió por otro carril.
Ayer, las redes sociales mostraron lo que el discurso había negado: el secretario general de Gobierno, Salvador Zamora reunido con el propio Miguel de la Rosa. El diálogo se reactivó. La cortesía que se había dado por muerta regresó sin mayor explicación pública.
La contradicción no es menor. Mientras la confrontación se administra para la tribuna y la militancia, los acuerdos se preservan para la gobernabilidad. Morena puede elevar el tono sin romper; Movimiento Ciudadano puede simular resistencia sin bloquear. Ambos parecen entender que el choque frontal hoy no conviene.
La lectura es clara: Movimiento Ciudadano está administrando el cierre de su ciclo en Jalisco sin guerra abierta, mientras Morena avanza con pragmatismo, construyendo control político y electoral rumbo a 2027. No hay alianza formal, pero sí entendimientos funcionales. No hay pacto firmado, pero sí una transición que ya empezó a caminar.
Por eso la pregunta sigue en el aire, ahora con más pistas que respuestas oficiales: ¿MC está entregando Jalisco a Morena? Tal vez no desde el discurso, pero sí desde los gestos, los movimientos laterales y las mesas que nunca se levantan.
Porque en política no hay casualidades, las rupturas reales no se anuncian. Se sostienen. Y en Jalisco, la ruptura duró exactamente lo que un discurso.
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