
Por Alejandro Huerta
En vísperas de una anunciada reforma electoral —adelantada desde los “100 puntos” de la presidenta Claudia Sheinbaum—, el tema vuelve al centro del debate público. Y no es casualidad. Las encuestas revelan algo interesante: el ciudadano común quizá no sepa con exactitud qué hay que cambiar, qué mejorar o qué desaparecer, pero sí tiene una certeza clara: el sistema electoral necesita reformarse.
La iniciativa, próxima a presentarse, ha dejado ver ya sus ejes centrales: reducción de gastos de partidos políticos y organismos electorales, disminución de plurinominales y revisión de los mecanismos de representación. En pocas palabras: pegarle a lo que más duele, menos dinero y privilegios, más participación ciudadana.
No es un tema menor. México está entre los países que más gastan en elecciones.
A simple vista, parecería que el partido en el poder, Morena, podría aprobarla sin mayor problema. Total, dicen algunos: “Si Morena quisiera, podría cambiarle el nombre al país; lo controlan todo”. Pero ahí se rompe la fantasía.
Al tratarse de una reforma constitucional, se requieren mayorías calificadas y el aval de al menos 17 congresos estatales. Más allá de los requisitos legales, lo que impera son votos reales, acuerdos reales y lealtades reales. Y justo ahí aparece el problema: los aliados ya no quieren ser aliados, quieren ser dueños.
Morena no sólo enfrenta a la oposición, sino a sus propios socios: el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM). Un déjà vu político. Algo similar ocurrió con la reforma contra el nepotismo, aquella del ya célebre “Nepote vive, el verde sigue”.
El PT, con todo y desacuerdos, ha optado por la mesura. Ha marcado distancia, sí, pero sin dinamitar la alianza. El Verde, en cambio, ha decidido jugar rudo: se declara abiertamente en contra y advierte que no moverá “ni una coma” cuando se trate de plurinominales, presupuesto o Instituto Nacional Electoral.
El mensaje es claro: sin sus votos, no hay reforma.
Hoy el Verde no debate: chantajea.
No propone: amenaza.
No construye: bloquea.
Y por si fuera poco, pone sobre la mesa otros temas que nada tienen que ver con lo electoral, como si el chantaje político fuera ahora moneda corriente.
No sorprende. El Verde nació entre irregularidades, creció entre alianzas oportunistas y sobrevivió gracias al pragmatismo extremo. Aprendió pronto que solo no gana, pero acompañado siempre cobra. Su principal fortaleza ha sido el esquema plurinominal y el generoso financiamiento público.
Tocarlos es tocarle el nervio, prácticamente desconectarlo; de ahí su resistencia feroz.
De ahí su intento por estrangular políticamente a Morena usando el poder que le dio la propia alianza.
Lo que parecen olvidar es que el ciudadano ya no compra los mismos discursos. Ya no funcionan las frases huecas del “Por el bien de México” cuando van acompañadas de amenazas veladas: “Si nos quitan presupuesto, buscaremos dinero donde sea”.
Traducido: si no nos mantienen, nos corrompemos.
Así, sin pudor.
Eso no es política: es cinismo institucionalizado.
Eso, en política, se llama irresponsabilidad… y también extorsión.
Saben el costo político. Pero saben también el riesgo de someterse al escrutinio popular sin red de protección. Y es un riesgo que, claramente, no están dispuestos a correr.
Del otro lado aparecen “los maduros”: una oposición raquítica, desorientada y aferrada a privilegios en extinción. Derrotada, sin proyecto y sin liderazgo. Incapaz de ganar en las urnas, ahora intenta ganar en el ruido.
Han bautizado la iniciativa como “Ley Maduro” sin conocer aún su contenido completo, construyendo una narrativa de miedo antes que un debate serio. Primero atacan, luego preguntan… si acaso.
Incluso, algunos de sus liderazgos siguen peregrinando en foros extranjeros, pidiendo presión internacional como último recurso. Cuando no pueden convencer al pueblo, buscan que otros decidan por él.
Así, entre verdes oportunistas y maduros desesperados, la reforma camina en círculos:
Un país esperando una transformación que todos dicen respaldar, pero pocos están dispuestos a votar.
Porque al final, en la política mexicana, muchos hablan de democracia…
Pero muy pocos están dispuestos a renunciar a vivir de ella.
La pregunta ya no es si habrá reforma.
La pregunta es quién se atreverá a pagar el costo político de hacerla.
Para “La verdad Jalisco” Por Alejandro Huerta
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